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El más solo de todos los hombres

El más solo de todos los hombres

Suplemento viernes 16 de noviembre de 2018 - 09:39

ERNESTO DIEZMARTÍNEZ GUZMÁN

En uno de los capítulos iniciales de Los Sopranos (1999-2007), la memorable teleserie gangsteril creada por David Chase, su protagonista, el detestable criminal pero entrañable páter familia Tony Soprano (James Gandolfini), se encuentra en una de sus primeras sesiones con su terapista, la doctora Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) y, de la nada, se suelta con una filípica en contra de la gente que se siente deprimida. Eso de tener sentimientos y deprimirse no es ser un buen americano, grita. “¿En dónde quedó el tipo fuerte y silencioso, como Gary Cooper?”, se lamenta Tony. Ahora, todo mundo se siente mal y va con el psicólogo, acusa el mafioso. ¡Gary Cooper nunca fue con el psicólogo! Él sabía lo que tenía que hacer y lo hacía. Y ya, fin de la historia.

Después de ver los minutos iniciales de El primer hombre en la Luna (First Man, EU, 2018), cuarto largometraje del oscareado Damien Chazelle (mejor director por La La Land: Una historia de amor/2016), me vino a la memoria la citada escena de Los Sopranos, pues resulta que el piloto de pruebas convertido en astronauta Neil Armstrong (Ryan Gosling, adecuadamente contenido) es, precisamente, el tipo “fuerte y silencioso” que mencionaba Tony Soprano.

Hacia el inicio de El primer hombre en la Luna vemos cómo el reservado Neil Armstrong pierde a su hija debido a un tumor cerebral inoperable. El tipo permanece tranquilo, sepulta a su niñita, no demuestra mayores sentimientos y, cuando está seguro que nadie lo ve, se derrumba y llora por su hijita. Poco tiempo después, decide convertirse en astronauta.

El guion firmado por Josh Singer ―basado en la biografía de Neil Armstrong escrita por James R. Hansen― propone que la única manera que tuvo el ingeniero espacial Armstrong para lidiar con la muerte de su niña fue la dedicación y el trabajo. El tipo que sería el primero en pisar el suelo lunar no necesitó de terapistas, psicólogos, sacerdotes o consejos: cual Gary Cooper del espacio, lo único que necesitaba era que lo dejaran solo. Él sabía lo que tenía que hacer, sabía cómo hacerlo y adivinaba las consecuencias del fracaso. Armstrong fue, según El primer hombre en la Luna, el héroe hawksiano por excelencia.

Estamos no ante la epopeya de todo un país en plena Guerra Fría ―aunque nos queda claro desde el inicio las presiones y tensiones que sentían todos los involucrados al ver que la Unión Soviética llevaba la delantera en la exploración espacial―, sino ante la épica íntima de un hombre común y corriente que, seguramente sin darse cuenta, luchó contra su propia depresión mirando hacia adelante, cumpliendo con sus obligaciones, haciendo su trabajo. Cual si fuera Gary Cooper.

La puesta en imágenes dirigida por Chazelle contrasta sagazmente el equilibrio de su personaje central con el encuadre siempre nervioso y tambaleante, privilegiado por la cámara de Linus Sandgren. Pareciera que nada es seguro en este filme, a no ser la voluntad inquebrantable de Armstrong para entrar al programa espacial de la NASA, para participar en cada una de las distintas etapas, para ser uno de los elegidos para ser enviados a la Luna, para poder ser el primero en pisar el satélite natural de la Tierra, para poder pronunciar aquello de “Esto es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

Es cuando la tripulación del Apolo 11 llega a la Luna que, de improviso, la cámara de Sandgren adquiere serenidad. En el momento en el que Armstrong desciende de la cápsula espacial, el encuadre destila elegancia: el momento es tan portentoso que nada puede ni debe echarlo a perder, como queda claro por el acompañamiento musical, compuesto por Justin Hurwitz.

Chazelle se ha arriesgado, en estos tiempos políticamente turbulentos, a dirigir una película de tema patriótico sin subrayar patriotismo alguno. Y es que, aunque es obvio que hay intereses políticos en juego alrededor de la misión lunar, queda igual de claro que para Armstrong, tan enigmático como opaco, no es algo que le interese sobremanera.

Queda a su esposa, la estoica Janet (extraordinaria Claire Foy, quien debería merecer su primera nominación al Oscar), la responsabilidad de mostrar no solo sus más naturales sentimientos en alguna escena clave (cuando le exige a Armstrong que le explique a sus hijos que existe la posibilidad de que no vuelva de su viaje a la Luna), sino de señalar lo absurdo de su tarea cuando, tan claridosa como iracunda, le reclama a todos los ingenieros/funcionarios/políticos de la misión lunar que no son más que un puñado de chamacos manipulando unos juguetitos que ni siquiera conocen bien.

Por eso mismo, ella tendrá la última palabra frente a él. O, mejor dicho, no la última palabra: el último gesto. Y es que la gente como Neil Armstrong es de pocas palabras. Y Janet Armstrong lo sabe muy bien.

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CA/CR

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