Como muchas personas en estos días, tuve el gran interés, o morbo, de leer el libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder (Planeta, 2025). Esta publicación ha despertado gran interés por las revelaciones y señalamientos que contiene, pero más allá del anecdotario y las acusaciones, resulta más interesante la visión que nos da del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Para nadie es una sorpresa que la política se caracteriza por el culto a la personalidad y por eso presenta a los políticos como personajes con una gran talento, líderes con gran capacidad, estadistas, aunque no lo sean. Lo interesante del retrato que ofrece Scherer es que no presenta el gran líder analítico y capaz, sino un personaje con profundas convicciones, casi de misionero, que tiene la creencia infinita de que su misión es generar y repartir bienestar.
En el capítulo “Andrés, don Julio, Heberto”, se nos dice que AMLO tiene una visión casi religiosa de la política. Lo describe como un hombre que se propone el bien de los demás y tiene una condición de catequizador cristiano, porque aunque “no es un hombre de números, es un individuo sensible. Es, diría yo, un buen cristiano”. Esta descripción no es un detalle menor. Sugiere que el núcleo del liderazgo de AMLO, y por ende de su movimiento, no descansa en la racionalidad o capacidad, sino en el símbolo y el dogma ético, representados por la figura del expresidente.
Esta visión que presenta pareciera decir que el expresidente no gobernó, evangelizó sirviendo él como ejemplo. Durante décadas, López Obrador cultivó una imagen de austeridad y cercanía con el pueblo. Se mostró como un líder muy humano, sin interés por la riqueza y ostentación (se confirma que es cierto que no llevaba más de doscientos pesos con él) lo cual no era parte de una estrategia, sino una forma real de ser, lo que le permitió construir y encarnar una narrativa política de congruencia.
En esta construcción simbólica, destaca la manera de hablar tan particular de AMLO y las expresiones que utilizaba - el ¡me canso ganso! o ¡cállate chachalaca! -, dejaron de ser expresiones idiosincráticas, para convertirse en un eslabón más dentro de la construcción simbólica, que buscaba reiterar su pertenencia al pueblo.
Bajo esta visión que se nos presenta, podemos entender a la Cuarta Transformación más que como un proyecto de gobierno, como una cruzada moral. Es esto quizás el punto nodal de la imagen que se da de AMLO. Pareciera que para él la política y gobernar no es planear ni implica elementos técnicos, sino que es una tarea redentora, una misión superior. Por eso, en su visión, el desacuerdo no es una expresión de pluralismo, sino una “desviación ética”, una falta que debe corregirse. En este sentido, el papel del líder no es debatir, sino orientar, corregir y, como se dice en el libro, catequizar.
Esta postura evangelizadora de AMLO, permite también entender la fuente de las lealtades y resistencias que despierta su figura: no se juzgan los resultados de su gobierno, sino su narrativa moral sobre el poder. Y ahí, precisamente, yace el talón de Aquiles del movimiento: el día que la incongruencia entre el decir y el hacer sea imposible de ignorar, el mito se desmoronará.
Ni venganza ni perdón nos presenta una figura del expresidente y fundador de la 4T. No podemos decir si es un retrato fiel o una caricatura exagerada; lo cierto es que suma a su construcción mítica lo cual, guste o no, le permitió tomar el poder y permanecer en él.