Hay amores que no se explican: se encienden. Y uno de ellos, en México, es el que ocurre alrededor del fuego, el carbón y la carne. La parrilla no es solo una técnica de cocción; es un lenguaje, una tradición que se transmite entre generaciones y que hoy también se estudia, se perfecciona y se celebra. El norte de nuestro país es el claro ejemplo de ello, pero esta tradición ya ha abrazado más espacios, haciendo de la carne asada, un referente nacional.
En ese universo aparece la Sociedad Mexicana de Parrilleros (SMP), una comunidad que surge en la década de 2010 con una idea muy clara: elevar la cultura del asado en México. Más que enseñar a cocinar carne, su propósito ha sido formar parrilleros conscientes del producto, del fuego y del respeto por los ingredientes. A través de cursos, certificaciones y experiencias gastronómicas, la SMP se ha convertido en un punto de encuentro para quienes entienden que la parrilla no es solo oficio, sino también pasión.
Y es que cuando uno se acerca a la parrilla, desde ese lugar, la perspectiva cambia. Se entiende que detrás de cada corte hay un proceso, un origen, un animal que merece ser honrado con una preparación cuidadosa. No se trata solo de cocinar carne: se trata de darle su lugar, de respetar su textura, su grasa, su punto exacto. De entender que el fuego no es agresión, sino transformación.
Pero la parrilla también es comunidad. Alrededor de ella se construyen mesas largas, risas que se mezclan con el humo, familias que se reencuentran sin prisa. Se generan vínculos que no siempre nacen en la cotidianidad, sino en ese momento en el que alguien voltea la carne, alguien sirve una salsa, alguien prepara un guacamole. La parrilla tiene esa capacidad casi mágica de unir a las personas a través del sabor.
Y alrededor de ese centro vivo giran muchos elementos: la carne como protagonista (con cortes como el rib eye, jugoso, marmoleado, preciso en su punto), pero también las verduras que caramelizan con el calor, las salsas que elevan cada bocado, el guacamole que refresca y acompaña, y hasta las propias parrillas que dan identidad al ritual: las tradicionales de carbón, las de gas, y las modernas tipo huevo de cerámica que concentran el calor y transforman la cocción en un arte más controlado y profundo.
Recientemente tuve la oportunidad de tomar uno de estos cursos junto a la Sociedad Mexicana de Parrilleros. Y, como buena parrilla, estuve rodeada de mis personas favoritas: mis hermanas y mis cuñados. Esa noche, aprendimos, observamos, probamos, y sobre todo compartimos. Entendimos al rib eye desde otra perspectiva: su estructura, su origen, su grasa, su esencia y los diferentes sabores que nos puede regalar dependiendo de sus compañeros de plato y cocción.
La cena fue abundante, casi generosa en exceso, como si el aprendizaje necesitara también ser celebrado con el cuerpo.
La parrilla, nos invita a detener el tiempo, a reunirnos, a compartir, a mirar el fuego como un punto de encuentro como sucedía hace miles de años con nuestros ancestros. Y en un país como México, donde la comida es identidad, la parrilla no es la excepción.
¡Buen provecho!
Amante del buen comer