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Defendiendo la Dignidad

Defendiendo la Dignidad

Columnas viernes 05 de septiembre de 2025 -

La declaración Dignitatis Humanae es un documento fundamental de la Iglesia contemporánea, por el pleno reconocimiento de la noción de “dignidad”, es decir, el valor intrínseco de cada persona, que no puede quedar sometido a la voluntad de un gobierno o un tirano ególatra y cínico, como aquellos que emanaron en momentos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, y cuya malsana presencia, sin duda originó una profunda reflexión durante la posguerra.

La violencia de la que hablo, no es simplemente aquella que se muestra en todo su esplendor en el campo de batalla, sino otra, más sutil, más hipócrita, más… “intelectual”, como la que impondrá una versión utilitaria del mundo, aquella que bajo criterios de eficiencia, es capaz de destruir un país completo, despedazar a una sociedad y, por supuesto, despojar a una persona de su dignidad, como lo constatamos no solamente en los campos de concentración, donde la mano de obra esclava nutría la super producción del capitalismo salvaje, sino la que atiende los detalles más cotidianos, desde un tipo que maltrata su entorno de una manera humillante, hasta los totalitarismos, donde la clase social, la etnia o el credo, se convirtieron en pretextos para el exterminio.

La Dignitatis Humanae es un límite contra la violencia. En su primer párrafo expresa: “Los hombres de nuestro tiempo se hacen cada vez más conscientes de la dignidad de la persona humana, y aumenta el número de aquellos que exigen que los hombres en su actuación gocen y usen del propio criterio y libertad responsables, guiados por la conciencia del deber y no movidos por la coacción” (Declaración “Dignitatis Humanae” n. 1 del Concilio Ecuménico Vaticano II). Dicha conciencia brotó como consecuencia de la violencia, y con fines a prevenirla, se pide a los gobiernos limitar sus acciones en un terreno sagrado: la dignidad.

Cuando por cuestión de fe, se exterminaron poblaciones completas, e incluso, en México, se extendió un movimiento armado persecutorio contra la Iglesia Católica -la denominada “Cristiada”-, y en el mundo, los prejuicios condujeron a una guerra, pedir por la dignidad se convirtió en una de las grandes causas no sólo de la Iglesia, sino también de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -otro producto de la posguerra- cuyo artículo 18 dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”, reconociendo la libertad que tiene una persona para libremente ejercer, conocer, enseñar y expresar su fe, sin ser lastimada, perseguida o difamada, conservando así uno de los elementos más valiosos de su dignidad.

Los límites son expresión de civilidad, como ya Masilio de Padua expresa en el Defensor de la Paz, donde asume que la violencia estalla cuando se transgreden las jurisdicciones, y la amenaza desata las crueldades.


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