El epicentro del Tribunal Constitucional es el salón de sesiones -camera de consiglio-, pues es ahí donde tiene lugar la labor más relevante de cualquier Pleno, escuchar, debatir y deliberar sobre las disputas sometidas a su jurisdicción. Este salón es el medio en el cual el Tribunal da salida a los conflictos políticos y sociales más delicados y polémicos de una sociedad, lo que se puede realizar con sabiduría, decoro y moderación o, por lo contrario, con arbitrariedad y de manera viciada, según lo decidan quienes lo integran, pues como lo sostuvo el Presidente de la Suprema Corte de los Estados Unidos, Earl Warren, actuar por la Constitución o contra ella, depende exclusivamente de l@s jueces.
Este epicentro se caracteriza -o debería caracterizarse- por ser un lugar de encendidas discusiones, incluso de enfrentamientos; sin embargo, como bien apunta Zagrebelsky, esa actividad jurídicamente beligerante no debe dejar huella ni influir en la futura discusión de casos, porque, en cualquier caso, lo único pasado que puede atar el futuro de las resoluciones son los precedentes, mas no así los resentimientos personales por las diferentes visiones al resolver.
El salón de sesiones tiene, además, una representación simbólica y de insignia de Estado, relevante al menos en 2 sentidos: i. Significa el espacio de unidad en el que juezas y jueces individuales se convierten en un cuerpo judicial único, el Pleno; y, ii. Representa el aislamiento y la distancia que sus integrantes deben tomar de todos los agentes externos, previo a tomar una decisión en algún asunto. Se trata de una especie de claustro que garantiza la autonomía y autoridad del Tribunal, frente a cualquier interferencia sospechosa y peligrosa, el cual se cierra para quedar en silencio una vez que éste ha escuchado a las partes, dispuesto para la deliberación.
Hoy, el salón de Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se encuentra sitiado por un colectivo que no parece estar integrado por justiciables inconformes, familiares de personas desaparecidas, de mujeres violentadas o de gente presa injustamente -por mencionar algunos ejemplos-, sino que la presión parece provenir de otra parte y perseguir otros fines -políticos-.
La sala de Pleno se encuentra asediada por grupos que tienen otros intereses, y cuya consigna es: las y los ministros deben renunciar o ser destituidos porque controlan los actos del poder público, porque ponen freno y contrapeso a los otros poderes, porque protegen los derechos humanos de las personas, en una palabra, porque están cumpliendo su papel como garantes del Estado de Derecho y el principio democrático que la Constitución les da.
Estoy cierto de que, ante este ataque, el salón de Pleno -construido con materiales impermeables- protege a l@s ministr@s de las injerencias externas que buscan incidir ilegítimamente en sus decisiones. El salón de Pleno es tan firme y consistente que ni siquiera la amenaza de turbulencias presupuestarias pondrán en jaque la labor de la SCJN, porque como contundentemente lo sentenció el extinto Ministro don Sergio Salvador Aguirre Anguiano, en el ahora lejano 2007: “La realidad es que no saben de lo que estamos hechos los ministros para cumplir con nuestras encomiendas: no pagamos costo político alguno, estamos prestos a realizarlas, a desahogarlas sin ideologización ni politización partidista, simplemente conforme a nuestra convicción, imparcialmente, sin estridencias, tal y como está previsto en la Constitución, sin preocupaciones de otras políticas. De eso estamos hechos”.