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El valor de cuidar nuestra democracia

El valor de cuidar nuestra democracia

Columnas miércoles 10 de diciembre de 2025 -

La obra más conocida de Giovanni Sartori, ¿Qué es la democracia?, es una reflexión profunda que va mucho más allá de explicar el término en su sentido básico. Sartori nos recuerda que no basta con repetir la palabra “democracia”: es necesario entender realmente qué significa y cómo funciona en la vida cotidiana. Para él, la democracia solo puede mantenerse viva si la comprendemos con claridad, sin confusiones ni interpretaciones que la desvíen de su esencia.

Desde el crisol de la teoría, Sartori distingue tajantemente entre la definición prescriptiva (el deber ser) y la descriptiva (el ser). El problema medular de la política contemporánea radica en la propensión al perfeccionismo, la falacia de erigir ideales inalcanzables como criterio de verificación, lo cual conduce a la postulación de “realidades democráticas” que jamás se concretarán. El riesgo inherente a esta deontología mal entendida es la generación de efectos inversos, comprometiendo así la estabilidad del orden que se pretendía perfeccionar. La democracia, advertía el politólogo, depende de una inteligencia lógica que discierna entre ideas, ideales e ideologías, evitando la confusión que determina su mal funcionamiento.

El régimen moderno no puede ser equiparado a la democracia tout court, sino que es, por esencia y estructura, la democracia liberal. A diferencia de la democracia antigua o directa, confinada a la polis (microdemocracia participativa), el sistema contemporáneo opera en la macrodemocracia del Estado, donde la participación cede su lugar a la representación. El liberalismo, forjador del constitucionalismo y la supremacía de la ley (rule of law), constituye el presupuesto indispensable para que la democracia no degenere en despotismo. La libertad política es, primariamente, una libertad de coacción y arbitrio; su garantía se halla en el Estado constitucional que limita y controla el ejercicio del poder. Sin esta técnica de límites, el poder popular, legitimado por el principio de soberanía (omnispotestas a populo), podría devenir en un absolutismo democrático.

La analogía con el contexto de América y México revela la urgencia de anclar la poliarquía en este basamento liberal. En la tradición constitucional de Estados Unidos, la desconfianza hacia el poder ilimitado de la mayoría fue un principio fundacional, estructurándose en mecanismos de división de poderes que aseguraban la protección de los derechos de las minorías. Este sistema, que Tocqueville analizó a través de su ethos igualitario, subraya la tesis de que la forma política, la técnica de control del poder, debe prevalecer sobre las demandas de contenido.

En México y la región latinoamericana, los procesos de cambio político se han caracterizado por la búsqueda de la consolidación democrática. La dialéctica entre democracia política y democracia social/económica resulta crítica. Si bien la democracia social es deseable, pues tiende a la equidad socioeconómica y democratiza la sociedad, es crucial recordar que está subordinada y condicionada por la democracia política. La preocupación por el contenido no debe eclipsar la prioridad de la forma: el Estado de Derecho.

En esta reflexión, es imposible no reconocer que el fortalecimiento institucional es la piedra angular de cualquier democracia que aspire a perdurar. En México, el Instituto Nacional Electoral ha sido, por décadas, un garante silencioso pero firme de ese equilibrio entre forma y contenido. Desde su estructura constitucional hasta cada procedimiento técnico operativo, el INE ha demostrado que la democracia se sostiene no solo sobre principios teóricos, sino sobre el trabajo cotidiano, profesional e imparcial de miles de personas servidoras públicas que creen profundamente en este país. Ser parte de esta institución implica asumir una responsabilidad ética con la Nación: servir sin protagonismos, asegurar reglas claras, y colocar siempre al centro el derecho de cada persona a decidir en libertad.

Como servidora pública del INE, creo en la necesidad de transformar y perfeccionar las instituciones cuando así lo exige la sociedad. La evolución institucional no es una amenaza, sino una oportunidad para fortalecer la confianza ciudadana. Pero toda transformación debe preservar la esencia que hace posible la convivencia democrática: la certeza, la imparcialidad, la legalidad y la autonomía. Defender estos principios no es un acto político; es un acto de profundo amor por México.

En conclusión, el legado de Sartori obliga a los sistemas constitucionales de la región a preservar la identidad liberal, el sistema de garantías y límites al poder,para asegurar que el avance democrático no sea un mero ejercicio de autocracia legitimada. La democracia liberal es un equilibrio tenso; su motor es el ideal igualitario, pero su armazón estructural son las libertades que impiden que ese mismo ideal se convierta en su propia negación. En el INE lo sabemos bien: la libertad debe continuar siendo el fin, y la democracia el instrumento que la vuelve realidad para todas y para todos.

Andrea Gutiérrez

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