Retomo el comentario de Los Exploradores de Cavernas, de Lon L. Fuller. Es un caso que fundamentalmente sirve para identificar y distinguir las tres más importantes concepciones modernas del derecho, que dominan cíclicamente los sistemas jurídicos contemporáneos.
Las escuelas de derecho usan el ejercicio para hacer ver a las y los estudiantes (pero también al público en general) que al resolver el dilema del voto faltante, se descubre si somos positivistas (como los ministros A y D) iusnaturalistas (como el ministro B) o si lo nuestro el realismo sociológico (como el ministro E).
Recordará usted que la semana pasada nos quedamos en el dilema del empate de 2 votos a favor de exonerar a los sobrevivientes y dos votos a favor de condenarlos, por la abstención de uno de los 5 ministros de la Suprema Corte del país ficticio del caso.
El modo de solucionar el dilema de Fuller muestra, de cada quién, sus concepciones de la igualdad, la justicia y la ley, pero también de cada sociedad en su conjunto en un tiempo determinado. Se trata de encrucijadas sempiternas pero también contemporáneas de la dimensión humana de la decisión judicial y sus acertijos, fenómenos que los politólogos estudian desde hace décadas y que los juristas empiezan a advertir desde hace muy poco.
La decisión final del caso está en sus manos frente al empate. ¿Cómo construiría su voto si usted fuera Ministra o Ministro? ¿Qué haría si de usted dependiera la suerte de los espeleólogos sobrevivientes? ¿Son responsables de homicidio o tienen alguna excluyente de responsabilidad?
Déjeme complicársela: ¿Y si hubiera sido una mujer o una niña o niño la persona fallecida? ¿Una persona indígena, afromexicana o con discapacidad; de la tercera edad, de la diversidad sexual o con enfermedad terminal? ¿Y si afuera de la Corte está la viuda del fallecido y a las esposas e hijas de los sobrevivientes reclamando justicia y en huelga de hambre?
No está fácil, lo sé. Y es que a veces, solo a veces, el Derecho no contiene por sí mismo todas soluciones a los casos difíciles. Así dimensionados los retos cotidianos que nuestros poderes judiciales enfrentan (y los otros entes públicos que realizan funciones cuasi jurisdiccionales), podemos entender que ellas y ellos ya no son ni deben ser la “boca inanimada de la ley” que propugnaba Montesquieu, pero tampoco legisladores.
En ese margen milimétrico, las juzgadoras y los juzgadores modernos (y sus homólogas y homólogos) se enfrentan cotidianamente a disquisiciones espinosas como esta en las que la ley y la justicia parecen contradecirse o se contradicen y cuya resolución requiere pericia jurídica, en efecto, pero también altura de miras, herramientas inclusive filosóficas para decidir mejor y, claro, por favor, Sentido de República, así como idea clara de los verdaderos fines del Derecho.
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