Con notables excepciones, el periodismo mexicano, y sobre todo el periodismo de análisis político, es bastante pobre. No estoy diciendo nada nuevo, pero me interesa tomarlo en cuenta para encuadrar el tema de cobertura que se le da al crimen organizado, como problema, pero también como imaginario cultural. Se dice que los cárteles mexicanos ahora “tienen un pie en Dubái” porque resulta que un sujeto compró ahí un departamento con dinero presuntamente lavado. La misma semana, aparecen otras sobre los supuestos vínculos entre cárteles mexicanos y la mafia albanesa. Lo anterior, también, “para efectos financieros”, naturalmente, no es que un grupo criminal de Tepito esté cerrando carreteras albanesas. Hurgando un poco más, pero sin irnos más atrás que uno o dos meses, hacen su aparición las “alianzas” entre tal o cual narcotraficante y la mafia húngara, la coreana, los extremistas de medio oriente y quien se nos ocurra. Así, dejado en el limbo, pareciera que el imperio de los narcos mexicanos es mayor de lo que llegó a ser el de la monarquía española. Y lo peor es que, creo, la intención es que así se perciba. Que el dinero del crimen organizado mexicano (o de cualquier país) termine en bienes raíces de otro país, es algo común, y de hecho, cuando se habla de “lavar dinero”, se trata, precisamente, de mezclar los recursos ilícitos con actividades económicas o activos lícitos; es una práctica tan vieja como la mafia misma. Pero los titulares invitan a pensar otra cosa, porque cuando uno piensa en la expansión de operaciones de un grupo criminal, lo que se viene a la mente es, precisamente, la parte de la operación del negocio criminal sustantivo, no el lavado de las utilidades obtenidas. Albania es un país catalogado como bastante corrupto y mafioso, pero hay muchos otros, donde tampoco hay un intercambio de información policial en tiempo real con Estados Unidos ni México. Entonces, no es es que se tengan indicios sólidos de que el cártel X o Y, comandado por capos mexicanos, sea ahora también un grupo criminal de tráfico de drogas y crímenes varios en Albania o en Dubái, simplemente que alguna parte del lavado de capitales ocurre ahí. Perdón que insista, pero es que esto es posible por la desregulación financiera mundial que se glorificó como la globalización para el desarrollo: el libre tránsito de capitales por todos los lugares y a tal velocidad que no puedan hacerlo las personas, ni rastrearlo eficazmente las autoridades domésticas. Hay otra dimensión, sobre la que espero equivocarme. Pareciera que, además de los medios, algunos otros actores políticos (del gobierno y de la oposición) están haciendo un esfuerzo deliberado para vender a los cárteles como si fueran una mafia que no tiene límites en sus recursos financieros, ni en su poder de fuego, y que no conoce de fronteras. Quizás unos piensen que así socavan la popularidad del presidente, y otros que así ayudan a crear un consenso nacional sobre la mayor presencia de las fuerzas armadas en tareas de seguridad. No lo sé. Algunos gobernadores norteamericanos están insistiendo en que los narcos sean tratados como terroristas para todos los efectos legales. El enorme riesgo es que, a partir del 9/11 de Nueva York, esa categoría fue la que justificó para Estados Unidos cualquier tortura, intervención y bombardeo en cualquier parte, contra cualquier persona, sin que mediara proceso legal alguno. No importa las ganancias potenciales que cualquier persona vea en el corto plazo de glorificar o magnificar a los criminales. A largo plazo, esto no es conveniente para el país, ni para el gobierno, ni para el propio ejército mexicano, porque si Estados Unidos cree realmente que tiene terroristas cruzando su frontera terrestre (una siempre porosa, por cierto), entonces las autoridades mexicanas, militares o no, se quedarían sin voto en el asunto, y hasta sin voz. Cuidado ahí.