De las cosas que más disfruto de la vida es que pueda sorprenderme. Muchas veces nos gusta tener todo planeado y bajo control, porque ahí encontramos la tranquilidad de lo conocido: sabemos a dónde vamos, qué pedir y con quién estaremos. Sin embargo, también he aprendido que salir de la zona de confort y permitirnos descubrir algo diferente puede llevarnos a destinos, personas y momentos que, desde la comodidad de nuestra rutina, probablemente nunca habríamos conocido. Esto aplica para los viajes y las experiencias, pero también para los lugares y las mesas a las que decidimos sentarnos.
Hace tres años tuve la oportunidad de conocer Cenas con Historia, un proyecto que desde entonces me ha regalado noches de conocimiento, risas, grandes vinos, platos memorables e historias que se quedan con uno mucho más allá de la sobremesa. Pero, sobre todo, me permitió construir una bonita amistad con Pedro J. Fernández y Andoni Cota, anfitriones de estas veladas que han logrado convertir la mesa en una forma de viajar a través del tiempo. De Cenas con Historia ya he hablado antes y nunca estará de más recomendar una experiencia que permite, literalmente, comer y beber la historia. Esta vez, sin embargo, quiero hablarles del lugar donde ocurre gran parte de esa magia: Hermitage.
Ubicado en Lomas de Chapultepec, Hermitage es una casa concebida para encuentros privados alrededor del vino y la gastronomía. Nacido desde la pasión por el mundo del vino, con los años se ha convertido en escenario de catas, cenas maridaje, masterclasses y experiencias que reúnen a productores, sommeliers, cocineros y amantes del buen beber. Pero más allá de su concepto, lo que para mí lo hace especial es su atmósfera: un espacio donde las conversaciones se prolongan, la sobremesa tiene su propio ritmo y una cena puede transformarse en una noche de aprendizaje, amistad y descubrimiento.
Y para una amante del buen comer, por supuesto, la cocina merece una mención especial. Después de varias noches en Hermitage, hay platos que se han quedado especialmente en mi memoria: el mole, las tlayudas y el volcán de chocolate oaxaqueño de la cena dedicada a Díaz; los deliciosos buñuelos de pato de Alicia en el País de las Maravillas; la costilla de cordero y la panacotta “sangrante” de Las traiciones de México; y la reconfortante sopa de cebolla de El cielo, entre muchos otros que han conseguido algo que pocas experiencias gastronómicas logran: hacer que la historia también pueda disfrutarse a través del paladar.
Después de tres años de regresar a este espacio, he descubierto que lo que más me gusta de Hermitage no cabe por completo en una copa ni puede describirse únicamente a través de un menú. Está en la calidez con la que uno es recibido, en la atención de quienes hacen que todo suceda, en las conversaciones que se prolongan y en los amigos que se encuentran, o se hacen, alrededor de una mesa; en el conocimiento compartido sin pretensiones, en una gran botella abierta en el momento correcto y en un plato que termina formando parte de un recuerdo.
Quizá por eso sigo disfrutando tanto dejar espacio para lo desconocido. Nunca sabemos qué puede haber detrás de una puerta que aún no hemos abierto. A veces encontramos simplemente un lugar nuevo y otras, como me sucedió con Hermitage, terminamos encontrando historias, personas y momentos que, sin haberlo planeado, se convierten en parte de nuestra vida.
Así pues, queridos amantes del buen comer y del buen beber, no dejen de permitirse descubrir nuevos caminos, mesas y experiencias. Porque algunas de las mejores sorpresas de la vida comienzan justamente cuando nos atrevemos a salir de lo conocido y dejamos que algo nuevo nos encuentre.
¡Buen provecho!
Amante del Buen Comer