El Air Force one, uno de los máximos símbolos del poder de los Estados Unidos, voló a baja altura sobre el Northwest Stadium antes de aterrizar, ¡qué espectáculo tan maravilloso! A bordo del aparato iba el presidente Donald Trump, quien, poco antes del final de la primera mitad del encuentro entre los Detroit Lions y los Washington no sé qué (ya trataremos la triste historia de cómo los Redskins desaparecieron ignominiosamente…), iba a dirigir un mensaje en honor de los veteranos, esos ilustres hombres que han llevado la muer… perdón, la democracia y la libertad por todo el mundo. Mientras el señor del pelo naranja leía su mensaje -el juramento prestado por los miltares-, la mayoría del público asistente al estadio comenzó a abuchearlo y no hubo pocos que le mostraban el dedo medio por todo lo alto. Fue realmente bochornoso.
Muy pocos políticos pueden presentarse de improviso frente a su pueblo sin el peligro de ser recibidos acorde con el sentimiento sincero que éste tiene por ellos. Ha habido muchos casos similares al del domingo en el partido de la NFL:
El 6 de febrero de 1951, en el estadio de la Ciudad de los Deportes -donde hoy juega el América-, se llevó a cabo la serie internacional entre Veracruz y San Lorenzo de Argentina, la patada inicial del encuentro la daría el entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal -hoy CDMX-, Fernando Casas Alemán, primo del presidente Miguel Alemán Valdés. Ya eran tiempos pre electorales y Casas Alemán quería que su pariente lo destapara como candidato del PRI a la presidencia; pensaba que tenía todo para ir por la grande. En esa época los representantes del partido tricolor tenían asegurada la victoria; todas las gubernaturas, alcaldías, diputaciones y cenadurías eran priístas, “carro completo”. Llegó rodeado de su séquito de lambiscones con más de media hora de retraso. El público -45 mil personas- estaba impaciente y al verlo llegar comenzó a corear: –¡solo, solo, solo! para que se dirigiera al medio del campo sin nadie alrededor. Tal vez sintió que ése era el momento de demostrar cuánto lo amaba el pueblo, así que avanzó solo y su alma. Al momento de dar la patada el público contó: –¡uno… dos… tres…! y en lugar del clásico ¡chiquitibúm! se escuchó fuerte y claro el no menos clásico chiflido de las cinco notas que recuerdan a la madre. Se acabaron las aspiraciones de Fernando Casas Alemán, ahí tuvo su respuesta. El sucesor fue don Adolfo Ruiz Cortines, hombre austero y honrado que era todo lo contrario de los Alemán.
El mundial de México 86 fue inaugurado en el estadio Azteca por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado, el 31 de mayo de dicho año, este personaje gris y anodino, había actuado con displicencia durante la tragedia del terremoto que devastó la capital el año anterior. Durante la ceremonia tomaron el micrófono, sucesivamente, Guillermo Cañedo del comité organizador y Joao Havelange, presidente de la FIFA, cada vez que nombraban a de la Madrid el público lo abucheaba con fuerza. El momento culminante fue cuando el propio presidente tomó la palabra: los chiflidos y abucheos opacaron su discurso ante el mundo que lo veía todo por TV y ahí fue, de manera completamente espontánea, cuando por primera vez se escuchó el grito de ¡culeeero, culeeero! que hoy nos resulta tan familiar.
Siempre he creído que si un político desea saber qué opina realmente la gente de él o ella, debe presentarse sin avisar a un estadio lleno con gente del pueblo, no hay ninguna encuesta más precisa e instantánea para saber quién es quién. Hasta el jueves…