La opinión pública se funda en el libre acceso a la información y de la diversidad de versiones construidas en su entorno. Múltiples; Plurales; Controversiales y diversas calidades que precisamente se ofertan ante un auditorio que genera sus propias conclusiones. La riqueza del debate, no puede repercutir sino en una ampliación del criterio de una sociedad que sin la posibilidad de tener datos y debatirlos, se condena a un paulatino proceso de pauperización, del que no pueden sacar provecho más que aquellos que lucran con la ignorancia y los prejuicios la masa.
Immanuel Kant, como buen pensador ilustrado, nos refiere en inmortales artículos como “¿Qué es la ilustración?”, la importancia del acceso a la información, para que una sociedad abandone su estado de dependencia de la figura que pretende consagrarse como su redentor. De todos aquellos que se autoproclaman como guías en medio del desierto, aunque eso signifique caminar en círculos durante cuatro décadas, en medio del abrazador calor de la intolerancia y la calumnia.
Las sociedades, a través de los medios electrónicos o impresos, consumen imponentes cantidades de información donde la calidad dudosa, convive, por desgracia, con la calidad y responsabilidad de los comunicadores y estudiosos que trabajan en el día a día para informar a la sociedad. Tan ingente cantidad, ha sido también el parapeto perfecto para que programas electrónicos inteligentes invadan lo que solamente corresponde a la opinión ciudadana, con perniciosos comentarios que amedrentan y difaman a los que cumplen con el deber que la ciencia nos ha impuesto a todos los que trabajamos en la formación crítica de la sociedad.
Impedir que la información llegue a buen puerto, es expresión de la tiranía. Kant hereda de la filosofía, ese principio aristotélico que nos remite al “animal político” (zoon politokón), que precisamente es político, no porque participe en un movimiento o rinda culto a un personaje abyecto, sino porque significa socialidad, participación activa con los conciudadanos en los asuntos que a todos corresponde como sujetos libres, que no se encuentran sometidos al poder de una imposición.
Para ser libre, es decir, un ciudadano, requerimos de conciencia, y esta no se da sin el acceso a la información, respetando en el debate tanto al comunicador, como a todo aquel que difunde las acciones relevantes que a todos nos compete (política). Abdicar a la libertad, es despojarnos de humanidad, y esa es la mayor consecuencia de negar la “mayoría de edad” de un mundo que no debe permitir que la amenaza del autoritarismo se extienda.
Los comunicadores y sus recursos, constituyen un recurso del proceso civilizatorio. El progreso de la opinión pública, implica el fortalecimiento de una ciudadanía que tiene el deber de defender el espacio que les confiere sentido, cuando la amenaza ronda.