La maldad en México en el siglo XXI ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en una especie de lenguaje. El asesinato del alcalde Carlos Manzo en Uruapan, Michoacán es un mensaje cifrado en la gramática de la violencia. Allí, la muerte no busca únicamente eliminar a un adversario, sino escenificar su desaparición como un espectáculo de poder. En esta ritualización del horror, lo que se celebra no es la victoria sobre un enemigo, sino la soberanía sobre la vida misma. Matar, en estos escenarios, no es un medio, sino un fin: un gesto que se basta a sí mismo, que se ofrece al ojo público como signo absoluto del dominio. Quien puede organizar un ritual de sangre de este calibre no es únicamente quien posee armas o dinero, sino quien ha capturado la capacidad simbólica de producir miedo; quien, en el orden de lo visible y lo narrable, se apropia del derecho de definir qué es el mal y cómo debe manifestarse.
México, hoy, no enfrenta sólo a criminales, sino a una nueva teología del poder. En ella, el mal no se justifica en nombre de una causa, una ideología o un proyecto histórico, sino en la pura afirmación de sí: la violencia sin relato, la muerte sin horizonte. Esta banalización de lo terrorífico se ha degradado aún más: ya no se trata del burócrata obediente que ejecuta órdenes sin pensar, sino del sicario que mata para ser visto, que hace de la crueldad un signo de pertenencia, una prueba de existencia. El terror se convierte así en la forma contemporánea de la fama; el cadáver mutilado, en el emblema de un poder sin rostro que sólo se afirma a través del espanto.
La corrupción, sin duda, abre las puertas; la colusión política provee los medios; pero el núcleo oscuro de este fenómeno va más allá del Estado. Lo que enfrentamos es la erosión del sentido, el vaciamiento de toda ética del límite. Cuando el valor supremo deja de ser la vida y se sustituye por la visibilidad del poder, la muerte se vuelve un recurso expresivo, una forma de arte macabro. La escena del crimen se transforma en altar: allí se oficia un rito que consagra la impunidad y el cinismo como nuevas divinidades.
El mal, en México, ya no se oculta: desfila, se graba, se transmite. La crueldad ha perdido el pudor y se ha vuelto forma de comunicación. Cada acto atroz busca no sólo matar, sino narrar, y en ese relato, los espectadores somos parte del ritual, cómplices involuntarios de su reproducción. Frente a ello, la tarea del pensamiento no puede ser sólo la denuncia, sino la comprensión profunda de esta mutación: del mal como sistema a la maldad como cultura. No hay política posible sin una filosofía del mal que nos devuelva la capacidad de distinguir entre lo humano y lo monstruoso. Porque el horror, cuando se normaliza, deja de ser noticia y se convierte en costumbre, y en ese punto, la sociedad entera comienza a morir, lentamente, de indiferencia.
Investigador del PUED-UNAM