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Columnas
Los paseos históricos de las ciudades, son públicas exposiciones de su devenir, expresando sus tragedias, cual cicatrices, y sus sueños, como esperanzas, porque sin estas últimas la vida carece de sentido.
Si las personas quedamos limitadas a la exposición de nuestras desgracias, imponiéndose un discurso unívoco de negatividad, las ansias creativas se derrumban, condenandonos a un mediocre estar, incapaz de trascender la cueva de las contradicciones con las que violentamente se confronta al juicio. La belleza impone ante los ojos y cuando la desgracia apremia, al menos se convierte en aquel remanso dónde sentarnos para sanar la herida.
Sin espacios públicos, permitimos que la infección del alma se expanda hasta contaminar el cuerpo mismo de la república. Requerimos observar los logros de nuestro ingenio, el orgullo de la heredad y calmar el sufrimiento que una banca de parque, una fuente, un bello boulevard de mármol escoltado por estatuas modernistas y mitológicas, digan a todo el mundo -y a nosotros mismos- que en nuestra ciudad existe belleza, y esta no puede ser arrojada al desamparo del vicio que carcome a un país que explota día con día acabando con nuestros mejores ánimos.
Los ciudadanos requerimos belleza, y es en el espacio público donde esta se presenta. Una magnífica exposición que no cuesta ningún centavo al paseante. Que sorprende al viajero, como arraiga al local. La belleza se impone como la dorada cúpula del Palacio de las Bellas Artes, vista desde uno de los Paseos de la Alameda, tras la estatua de Beethoven, cuya perspectiva lateral palatina, expone uno de los momentos clave del arte universal moderno, que pocas capitales pueden ostentar con el orgullo que compromete a sus habitantes a expresar con el alma lastimada, la vileza con que las autoridades capitalinas han maltratado ese espacio vital para la dignidad urbana. Nunca había estado tan horrible en la larga historia de nuestra historia independiente, y una tragedia semejante sólo el terremoto de 1985 se le compara.
Vandalismo, fealdad, usurpación del espacio público mantenido con los impuestos de los ciudadanos, atentado vil a la civilización y un desprecio por una historia que, en su universalidad, se encuentra a la altura de las grandes civilizaciones del Orbe. Todo el Paseo de la Avenida Juárez, ese mismo por el que se adentrara el Presidente Madero tras el triunfo de su movimiento, donde los sueños de una mejor existencia acompañaron la cabalgata de un líder respetuoso de las leyes pagándolo con su vida, no puede ser ahogado en su memoria con la rapiña de grupos organizados de intereses ajenos al bien común, que la han erigido como su ilegal buhardilla de vendimia.
Como Roma asaltada por Alarico, hoy los bárbaros usurpan la gloria arquitectónica de la República.