Por Luis Monteagudo
Todo sistema político que aspire al autoritarismo, requiere fomentar al menos de un par de elementos en los hábitos de sus ciudadanos: abandonar el espacio público, anteponiendo el confort de su espacio privado, en donde aislado y beneficiado por la protección del hogar, comprende en el espacio público un lugar desagradable, que puede no dejarle ningún beneficio, en especial, cuando se tiene una mentalidad limitada a lo monetizable. La segunda, es cuando la masa en la calle, siguiendo los mandatos del líder en turno, hace del espacio público su botín para destuir cualquier elemento discidente. La individualidad se amenaza cuando el torrente violento de la masa pretende llenar el ágora, y con eso exterminar a la pluralidad de la sociedad.
La anteposición del beneficio privado, es un movimiento típico de las sociedades amparadas por un liberalismo pobre, que en lugar de instar a la sociedad a su participación cívica, los degenera a la condición abyecta de comerciantes de la libertad. La segunda opción, es típica de los despotismos demagógicos, de esos que creen -o hacen creer- que los líderes encarnan a las masas idiotizadas por la ideología, o por las migajas arrojadas al indigno suelo de la dependencia, también denominada clientela. La clientela es exactamente lo opuesto a la condición ciudadana, pues la libertad que es lo propio de un ciudadano, queda marginada cuando la plena libertad para manifestar sus preferencias políticas, se encuentra subyugada a un complejo de beneficios directos dedicados exclusivamente a comprar sus débiles voluntades. El miedo a perder los privilegios de la demagogia, es lo que mueve a la masa a defender al líder y sus limosnas.
Egoísmo y masificación son dos caras que deben extirparse de las republicas que aspiren a la defensa de sus instituciones, y donde los gobernantes en todo momento sirvan a la institucionalidad, en lugar de aquello que para satisfacer sus personales ambiciones, condene a la ciudadanía a una pérdida identitaria del sentido de su ser ciudadano. Los comicios son la gran oportunidad para refrendar el compromiso civil con las instituciones, con el acatamiento de los gobernantes a sus leyes que tienen el deber de respetar y no pretenderse por encima de ellas, pretextando supuestas excepciones como el supuesto "bien del pueblo" -que significa: "Yo hago lo que se me venga en gana, porque yo defiendo los intereses del pueblo. El pueblo soy yo"-. Cuando la burla a la constitución se convierte en el diario almuerzo de la demagogia, el deber ciudadano es poner un límite, de ordenar al tirano y a sus clientelas a acatar las leyes. La gran arma es el voto, pues de él dependerá si los ciudadanos indignamente mantienen una tiranía, o defienden un sistema vigente de derecho.