Pedro Arturo Aguirre
Mucha, pero demasiada suerte tiene de Benjamin Netanyahu, hombre fuerte de Israel desde hace ya doce años y quien en marzo consiguió una apretada victoria en la elección general celebrada en Israel el pasado marzo (la cuarta consecutiva en apenas dos años), pero la cual no le alcanzó para formar gobierno. Incluso se vislumbraba inevitable la posibilidad de un gobierno sin la presencia de este incombustible dirigente. Antes del estallido de la crisis en Gaza Yar Lapid, outsider y estrella ascendente de la política israelí, parecía perfilarse para formar una coalición histórica con partidos de derecha, izquierda e incluso, por primera vez, un gobierno tendría el apoyo de una organización árabe-israelí. Eso sí, el único denominador común de esta alianza era su oposición a Netanyahu. Ahora, la guerra ha hecho de esta posibilidad algo difícil de concretar.
Con la crisis de Gaza Netanyahu reafirmó la imagen de un líder capaz de darle seguridad al país. Hay quienes se preguntan si, en su desesperación, el primer ministro forzó esta guerra. Justo cuando parecía inevitable una alianza anti Netanyahu empezó a calentarse el ambiente. En Jerusalén, jefe de la policía, aliado del primer ministro, ordenó el cierre de un espacio público palestino durante el Ramadán. Estallaron protestas y la mezquita Al Aqsa fue testigo de una fuerte represión policial. Paralelamente se procedió al desalojo de decenas de palestinos de un barrio de la parte oriental de Jerusalén. El 10 de mayo, miles de israelíes de extrema derecha desfilaron por el corazón del barrio musulmán de la parte antigua de Jerusalén celebrando la guerra de 1967. Todas estas provocaciones dieron lugar a la guerra, la cual le vino “como anillo al dedo” a Netanyahu, quien pudo reafirmar su imagen de sobreviviente de todas las batallas. Tanto borlote desvió la atención de sus juicios por corrupción. Apareció, de nuevo, el hombre fuerte, calmo, resoluto, intransigente con los enemigos.
El 2 de junio se vence el plazo constitucional para formar un nuevo gobierno. Lapid va contra reloj y enfrenta un ambiente muy caldeado. De no conseguir la formación de una administración anti Netanyahu lo previsible la celebración de una quinta elección. Por ahora, lo único seguro es la derrota de la moderación. Los únicos ganadores de esta mini guerra son los extremistas de uno y otro lado y los grandes perdedores las víctimas civiles de los dos pueblos. En el medio, aplastados por los escombros producidos por las bombas, quedan los palestinos moderados de Fatah, actualmente aun al frente de la Autoridad Palestina de Cisjordania, y los israelíes centristas. Ironías de la política: el radical jefe del ala militar de Hamas, Mohammad Deif, le está salvando el cuello al ultranacionalista Netanyahu. Los extremos se tocan, y se miman.