Los hechos vandálicos ocurridos el pasado 2 de octubre en la Ciudad de México no pueden confundirse con la legítima conmemoración de la masacre de Tlatelolco. Casi un centenar de policías lesionados, varios locales del Centro Joyero saqueados, vidrios rotos, mobiliario urbano destruido y comercios dañados no representan el espíritu de la memoria ni de la justicia histórica. Son actos de rapiña y violencia que nada tienen que ver con los miles de ciudadanos que marcharon de forma pacífica para honrar a las víctimas de 1968.
El llamado “bloque negro” —ese grupo que se ampara en la estética— terminó por exhibir lo que en realidad es: una expresión de anarquismo sin utopía, una rabia vacía que no busca transformar sino borrar. En su origen, el anarquismo fue una filosofía de emancipación; hoy, reducido a estos actos, se convierte en simple vandalismo postmoderno. Lo ocurrido no fue protesta, fue saqueo; no fue rebeldía, fue robo.
Sorprende la magnitud del grupo: más de 300 encapuchados, la mayoría varones jóvenes, actuaron con una coordinación que excede la espontaneidad. Por eso, sin pruebas, pero tampoco sin dudas, puede afirmarse que en esos destrozos participaron integrantes del crimen organizado. Han descubierto el punto ciego de las marchas: el momento en que la multitud legítima se disuelve y los oportunistas toman el control. El 2 de octubre, ese punto fue aprovechado con precisión.
Debe reconocerse que el Gobierno de la Ciudad actuó con prudencia al no caer en la provocación. No hubo represión, y eso distingue a la actual administración de aquellas que conmemoraban el 68 repitiendo su violencia. Sin embargo, la falta de represión no puede ser excusa para la falta de inteligencia. Ya es la tercera ocasión en el año que el bloque negro opera con impunidad: lo hizo en la manifestación contra la gentrificación en las colonias Roma y Condesa, en los ataques al MUAC y ahora en el aniversario de Tlatelolco.
Las marchas son memoria viva, pero la violencia parasitaria amenaza con vaciarlas de contenido. El Estado no puede permitir que el recuerdo del 68 se convierta en un pretexto para el caos. Se necesita mejor inteligencia, más prevención y una estrategia que proteja tanto la libertad de manifestación como la seguridad pública.
El 2 de octubre no se olvida, pero tampoco se distorsiona. Recordar a los caídos no significa justificar a los violentos. Lo que ocurrió el pasado 2 de octubre no representa el espíritu juvenil, libertario, pacífico y solidario de los jóvenes que en 1968 demandaba libertad. Entre la memoria y el saqueo hay una frontera moral que no se debe cruzar.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/ASnfsr7x7fQ?si=WR4E_bpjD1TjThXJ