La autoridad electoral debe llevar a cabo tareas que nunca ha realizado, ya sea por el protagonismo de su cúpula, reducida a once consejeros, o bien porque trata de trabajar lo menos posible, ganando lo más posible.
El INE actual ni el IFE anterior, donde empezaron a cobrar quienes ahora ocupan cargos de importancia, se preocupó por conocer la decisión colectiva respecto a su visión sobre los partidos políticos; sin embargo, lo que sí debieron procurar, y trabajar muy duro con ello es que todo partido con registro debe tener un proyecto sólido que le garantice competir en igualdad de circunstancias.
La falta total de proyectos actualmente exige al INE que en lugar de que ocupen sus horas de oficina en pelear por conservar su salario injustificado, sometan a los partidos a crear o fortalecer un pensamiento político, administrativo e ideológico que los identifique para que esto los haga competitivos en las urnas.
El divorcio de la política en la mayoría de los partidos fue impuesta por una derrota inesperada en 2018, creyeron recuperar terreno a fuerza de críticas y descalificaciones en 2021 y lograron muy poco, olvidando sus raíces ideológicas, sin las cuales no puede haber competencia democrática.
Es como si a alguna mercancía de consumo común se le olvidara el eslogan que lo identifica ante el mercado. La oposición, principalmente, se quedó sin soporte ideológico por preocuparse en desgastar al contrincante hasta combatirlo como si se trata de un enemigo.
La democracia implica forzosamente proyectos partidistas sólidos que identifiquen a los partidos en un sistema donde la representación de la población se asienta en esas organizaciones, más que en personajes. Porque el líder o candidato sin ideario, sin un proyecto, propio, que atraiga a las masas no garantiza el triunfo electoral, menos aún si el bien común es un concepto olvidado.
No hay pensamiento opositor, hay críticas de la oposición a todo lo que se dispone en el gobierno y esto desgasta más al que critica sistemáticamente tratando de destruir, que a quien construye bien o mal, desde un trabajo permanente en la administración púbica.
Los valores de la derecha, hacia donde se ha recorrido ideológicamente la oposición tiene como reducto de pensamiento en la religión, y a partir de dogmas crea consignas políticas que al llegar a la sociedad se desvanecen como humo en lugar de encontrar una solución concreta, por no estar asociadas a la realidad de la mayoría de los mexicanos.
Debe rediseñarse la oposición desde el interior de cada partido, que si bien padece una división inevitable, tiene el contrincante afuera. Sin partidos fuertes no hay democracia y sin ésta no hay gobernabilidad. La competencia política sustenta el gobierno, pero una oposición derrotada y dividida sólo puede boxear de sombra sin enemigo real al frente.