Claudio Magris en su magistral obra “Utopía y Desencanto”, declaraba que la realidad nos desilusiona, debido a que las promesas que se construyen desde el gobierno, la mayoría de las ocasiones, dan por resultado desigualdad y pobreza, así que siendo hijos de la democracia, transitamos entre la insatisfacción y desesperanza.
Sin duda, la brecha de desigualdad que se acrecienta a pasos agigantados, no es exclusiva de los regímenes democráticos, pero en América Latina, agrandan el fenómeno de la polarización social, el incremento de colectivos antisistema motivados por el único fin de ser escuchados y al menos tejer nuevas utopías para seguir avanzando. Al final, el hombre se alimenta de ilusiones.
Quizá la gramática de esperar la llegada de un mejor futuro nos hace recordar el Godot de Samuel Beckett y su teatro de lo absurdo, ya que, la realidad posmoderna nos tiene suspirando por algo inexistente, como lo es el romanticismo trasnochado de los partidos políticos y sus posturas ideológicas. Razón por la cual, ni la democracia seduce, ni los partidos empatizan con las nuevas generaciones.
Pero, ¿qué hay del hombre multitasking que camina entre el tedio y las carencias emocionales? Probablemente reconoce su vulnerabilidad y la falta de recursos para generar empatía y la capacidad de disfrutar la vida por intentar huir del agresor que lo amenaza y le hace daño al vulnerar su intimidad; nadie puede esperar un mejor mañana desde la inseguridad, el racismo, la violencia directa y el naufragio entre políticas de enemistad. La civilización de las costumbres está maldita por el gobierno que nos representa y a continuación algunos puntos de reflexión que permiten aminorar la amenaza:
a. Probablemente, la posibilidad de un futuro mejor cabría en esquemas plenos de participación ciudadana, para tratar de entender el lenguaje cifrado que desde las élites repiten incansablemente.
b. Quizá también este próximo 2024 sea el año para replantear los desafíos y estrategias que llevarán sobre los hombros los nuevos relevos generacionales. Se puede empezar por inhumar a todos aquellos tiranos y demagogos que abusan reiteradamente de una comunidad de bien intencionados parroquianos.
c. Otra opción podría ser que, desde lo digital, el hombre político hiperconectado supere a aquellos “señoritingos” que se niegan a dejar las curules y la comodidad de no hacer nada; el levantar la mano, hoy, no garantiza la gobernabilidad, ni mucho menos la estabilidad política. Se sigue haciendo gobierno con fórmulas rancias sin sentido.
d. Hoy en los territorios y ciudades, germina un invitado con la capacidad de multiplicarse rápidamente, que es: la inteligencia artificial y su autogestión lejos de la resiliencia tribal que surge a partir de nodos comunitarios inter-aldeas.
e. Se puede sostener que el evangelio digital compone una ópera prima de la democracia deliberativa y entierra las representaciones como imposiciones del pasado, donde se persiste en dotar al otro (que casi siempre es menos capaz) de toma de decisiones en voz de la masa. Solo la nueva generación entiende el discurso de emancipación social, porque vivencia la deslocalización, el teletrabajo, la política digital y los paralelismos del neocolonialismo económico.
Por todo lo anterior, se nos debe enseñar a des-democratizar la democracia; replantear los liderazgos posmodernos; entender el mundo de lo digital e implementarlo; donde el “nosotros” se vuelva una agenda común para romper con el burócrata que se asume como un ungido, germen de la revolución del siglo XX.
Dr. Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Coordinador del Doctorado en Ciencia Política del Centro Universitario de la Ciénega - UDG. Profesor Investigador de Tiempo Completo de la Universidad de Guadalajara @magdielgmg @Integridad_AC