En México, uno de los rasgos más preocupantes del debate educativo contemporáneo es que las niñas, los niños y los adolescentes han sido relegados a un lugar secundario. En ello destacan particularmente los grandes sindicatos magisteriales, cuya historia y actuación permiten preguntar: ¿hasta qué punto las dirigencias gremiales del magisterio han colocado realmente a las infancias y adolescencias en el centro de sus agendas?
Históricamente, tanto en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) como en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) sus dirigencias han actuado como grupos de control de organizaciones corporativas orientadas, en el mejor de los casos, a la defensa de intereses laborales y salariales.
El caso del SNTE resulta particularmente ilustrativo. A lo largo de décadas, este sindicato ha mantenido una notable capacidad de adaptación a los gobiernos en turno. Su relación con los distintos proyectos políticos ha estado caracterizada más por la negociación y la preservación de cuotas de poder. Las discusiones sindicales giran alrededor de salarios, prestaciones y otras condiciones laborales;asuntos legítimos, pero rara vez han colocado en el centro temas como el rezago educativo, la pérdida de aprendizajes, la deficiente e insuficiente infraestructura escolar, la salud mental infantil o la crisis de lectura y comprensión que afecta a millones de estudiantes, amén de los retrocesos en cobertura educativa y, sobre todo, la adaptación a los nuevos entornos digitales.
La CNTE, por su parte, ha construido una narrativa de resistencia política y defensa de la educación pública. Sin embargo, esa narrativa enfrenta una contradicción: los paros prolongados, bloqueos y suspensiones de actividades escolares terminan afectando directamente a las niñas y los niños, quienes además reciben todo el tiempo el mensaje de la violencia y son sujetos de procesos de ideologización anacrónicos e inútiles para el contexto mexicano del siglo XXI. Así, cada día sin clases representa una pérdida de oportunidades educativas que golpea con mayor intensidad a las familias más pobres.
La situación se vuelve aún más compleja cuando se observa la educación media superior. Las y los adolescentes no aparecen en los discursos sindicales. Las transformaciones propias de esta etapa de la vida, los desafíos vinculados a la salud mental, la construcción de identidades, la violencia digital, la deserción escolar o las transiciones hacia el trabajo y la educación superior rara vez son asumidos como temas centrales para las organizaciones gremiales.
Esta realidad revela una inversión preocupante de prioridades. La escuela existe para garantizar el desarrollo integral de quienes aprenden. Los sistemas educativos, las burocracias y los sindicatos deberían ser medios para alcanzar ese fin. Pero cuando las estructuras organizativas se convierten en fines en sí mismas, el sujeto educativo desaparece del horizonte.
Quizá el desafío más importante para el futuro no sea reformar únicamente los planes de estudio o los mecanismos de evaluación docente, sino reconstruir una ética educativa capaz de recordar una verdad elemental: ninguna organización vinculada con la escuela debería olvidar que su principal compromiso no es consigo misma, sino con las nuevas generaciones.
Investigador del PUED-UNAM