Revanchismo.
Israel González Delgado
Moisés Naim publicó un libro llamado “La revancha”, que no tiene desperdicio. Su idea principal tiene dos premisas: la primera, que durante el último cuarto del siglo XX, el poder en general se degradó, de manera que era más fácil adquirirlo, pero también más fácil perderlo y, sobre todo, mucho más difícil ejercerlo. No importa si estábamos hablando de poder político tradicional, o de poder económico, e inclusive de autoridad en sentido clásico, puesto que el conocimiento estaba cada vez más al alcance de todos (lo sigue estando, pero cada vez es más complicado de distinguirlo entre toda la basura digital que se hace pasar por conocimiento).
La segunda premisa, que la autocracia y el autoritarismo, como reacción a esa degradación del poder, han desarrollado nuevas herramientas en el siglo XXI que les han permitido volver y apoderarse de países enteros. Ahora bien, los nuevos autócratas, al menos en su periodo de consolidación, construyen una máscara minuciosa que los proyecta como defensores del consenso democrático liberal, y sus reglas. Todos ellos están (se supone) en pro de la democracia, la libertad, la libertad de expresión, la pluralidad y el disenso. Sin embargo, desde que llegan al poder comienzan una labor permanente y por diversos flancos, para minar esos valores y principios, a través de tres estrategias: el populismo, la polarización y la posverdad. Me concentraré en exponer la principal característica de cada una de ellas, con el costo de incurrir en una simplificación injusta. El populismo se basa en la supuesta comunicación directa entre el líder y el “pueblo”, definiendo como pueblo a todos sus simpatizantes, y en contraposición a todas las élites, que agravian a aquel. Esto termina corroyendo el estado de derecho y las libertades inherentes a la oposición, que en una democracia no puede ser ilegítima por el solo hecho de tener un proyecto de gobierno distinto. La polarización es tanto un instrumento útil para el autócrata como una consecuencia inevitable de su forma de hacer política. Al presentarse como una figura histórica que está aquí no para llevar a cabo un consenso entre fuerzas políticas legítimas, sino para vengar los agravios de siglos de la élite hacia el pueblo, no acepta que pueda haber una posición selectiva en intermedia dependiendo del problema en cuestión, es un asunto identitario y tribalista: ellos o nosotros. Como la realidad (y menos la realidad política) no está hecha de esos blancos y negros, sus reivindicaciones simbólicas suelen ser más importantes que los cambios reales, y suelen tener costos económicos enormes para el país donde se producen (las expropiaciones de Hugo Chávez son el mejor ejemplo). Sin embargo, estos dos elementos son viejos. Lo que da el toque actual a los nuevos dictadores es la posverdad. Esta no consiste tanto en el hecho de mentir, que también es muy político, sino en la capacidad de construir un relato alternativo de cualquier hecho, sin ninguna evidencia y basado en la repetición indiscriminada a través de los medios digitales y las redes sociales. Para esto es indispensable atacar a los medios y a los periodistas como parte de la élite. No es tanto el hecho de negar la verdad como en ser indiferentes a ella, y permear de ese nihilismo cognoscitivo a la sociedad entera. El Estados Unidos de Trump, la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan, el Brasil de Bolsonaro, la Hungría de Orbán y las Filipinas de Duterte son los ejemplos más socorridos del autor, pero su exposición es tan clara que nos permite observar el fenómeno en otros países, que él no estudia, pero donde claramente está presente esta tormenta de caca.