En tiempos donde la indignación se ha vuelto moneda corriente en las redes sociales, el episodio reciente protagonizado por Rosalía en torno a la obra de Pablo Picasso resulta más revelador por lo que exhibe de nuestra época que por lo que realmente dijo la artista. La polémica, amplificada hasta el exceso, terminó en una disculpa pública que, a decir verdad, nunca debió existir.
Rosalía no debió pedir disculpas por una razón fundamental: el arte no está sujeto a códigos morales ni a tribunales de corrección política. Pretender lo contrario es reducirlo a propaganda, domesticarlo hasta volverlo inofensivo. El arte, por naturaleza, es incómodo, provocador y, en muchos casos, profundamente contradictorio. No busca educar ni ofrecer lecciones de conducta; busca interpelar, cuestionar, sacudir certezas. Desde las pinturas rupestres de Altamira hasta el cubismo de Picasso, el arte ha sido una ventana hacia lo humano en toda su complejidad, no un manual de buenas costumbres.
En ese sentido, exigirle a Rosalía —o a cualquier otra figura pública— que emita opiniones perfectamente alineadas con una moral dominante es desconocer la naturaleza misma del arte. Las obras no se interpretan de manera única ni definitiva; viven en la mirada de quien las observa. Lo que para algunos es genialidad, para otros puede ser incomodidad o incluso rechazo. Y ahí radica su potencia. La obra artística tiene vida propia, trasciende a su autor y se emancipa de él. No necesitamos saber quién pintó Altamira para sentir su grandeza, como tampoco estamos obligados a conocer todos los claroscuros de Picasso para opinar sobre su legado.
Rosalía, en este caso, hizo lo que cualquier espectador hace frente al arte: expresó una opinión. Nada más, pero tampoco nada menos. Convertir esa opinión en motivo de linchamiento digital revela una segunda dimensión del problema: la consolidación de una cultura de la cancelación que opera como una inquisición moderna. No hay matices, no hay contexto, no hay posibilidad de error. Solo hay veredictos sumarios dictados desde la inmediatez de una pantalla.
Esta nueva inquisición es peligrosa no solo para los artistas, sino para la vida democrática en su conjunto. Cuando el costo de opinar es la censura social o la humillación pública, el debate se empobrece, el pensamiento se autocensura y la sociedad pierde su capacidad de diálogo. Lo que está en juego no es la reputación de una cantante, sino la libertad de disentir.
La disculpa de Rosalía, más que un acto de responsabilidad, parece el resultado de una presión desmedida. Y ahí está el verdadero problema: cuando la opinión se convierte en delito simbólico, todos terminamos siendo un poco menos libres.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.