Hay personajes que viven de la negociación y otros que viven del choro. En esta temporada de reencuentros diplomáticos entre México y Estados Unidos por el T-MEC, ya empezamos a ver quién sí tiene silla en la mesa y quién se quedó en la fila del café, pero jurando que está “en el cuarto de junto”.
Ya arrancaron las rondas del diálogo bilateral con la encomienda de mantener el tratado comercial de Norteamérica y, de paso, quitarle los aranceles a nuestro país. Para esa misión, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ya despacha en Washington con un equipo que combina experiencia, oficio y capacidad de sobrevivir al hate.
Pero alrededor de estos encuentros siempre florece una fauna muy particular que presume estar ahí. Esos personajes que, con una foto borrosa en aeropuerto o un check-in estratégico, intentan convencernos de que están influyendo en decisiones históricas cuando, en realidad, apenas lograron pasar migración.
En ese ecosistema destaca el caso de Alejandro Martínez Araiza, dirigente del Sindicato Nacional Alimenticio y del Comercio (SNAC), quien ha decidido que la mejor estrategia ante su irrelevancia es negarla públicamente.
Según su propio relato, él está defendiendo los intereses de los trabajadores mexicanos en el T-MEC. En la realidad, su nombre no aparece ni en la lista de invitados, ni en la de asesores, ni en la de “por si alguien cancela de último momento”.
En el mundo sindical se sabe que Martínez Araiza apostó al caballo equivocado en la sucesión de la CTM. Y en política sindical, equivocarse de caballo es condena. El hoy líder del SNAC respaldó a quien no ganó y ahora observa, desde la grada, cómo otros reparten el juego.
El nuevo mando en la Confederación de Trabajadores de México (CTM) recae en Tereso Medina Ramírez, un dirigente que, a diferencia de los improvisados, sí tiene callo en la negociación. No es casual que su perfil encaje con lo que necesita el capítulo 23 del T-MEC. Es alguien que entiende tanto el lenguaje sindical como el corporativo, y que puede sentarse frente a empresas internacionales sin confundir la retórica con los resultados.
Junto a él aparecen nombres como Francisco Hernández Juárez y Napoleón Gómez Urrutia, figuras que, más allá de simpatías o críticas, sí forman parte del tablero real. No del imaginario.
Mientras tanto, El Principito Martínez Araiza insiste en explicar su ausencia con teorías sobre mafias sindicales que no lo dejan avanzar. Una narrativa útil para consumo interno, pero insuficiente frente a un historial que incluye malas apuestas políticas, control heredado del sindicato y cuestionamientos sobre el manejo de cuotas.
No es que lo hayan excluido del T-MEC, es que nunca estuvo en la conversación.
Así, mientras en Washington se discuten reglas laborales, cadenas de suministro y acceso a mercados, en México algunos siguen negociando su propia irrelevancia, sin verse como la botana del T-MEC.