En 1852, Karl Marx -viejo conocido de la izquierda y de la derecha- publicó el texto seminal El 18 brumario de Luis Bonaparte. En esta obra introduce una frase que con el tiempo se volvió celebre: “La historia ocurre dos veces, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”.
Con esta idea, retomada de Hegel, Marx sugiere que los grandes acontecimientos históricos que han marcado a la humanidad, cuando se repiten, suelen perder su sentido, fuerza y significado original, convirtiéndose en una parodia de sí mismos, vacía de significado y en ocasiones, peligrosa.
Lo anterior viene a colación por -vaya sorpresa- lo dicho y hecho por Donald Trump en este primer año de gobierno y su intento de asumirse dueño del mundo. Antes de seguir, conviene aclarar que cuando aquí se habla de segundas partes no se alude a su segundo mandato, sino a su empeño por traer de vuelta una visión del pasado: la doctrina Monroe, hoy reciclada bajo un corolario farsamente nombrado: “Doctrina Donroe”.
Sin convertir esto en una clase de historia, es necesario recordar que la doctrina Monroe fue, en términos simples, una política exterior estadounidense orientada a mantener fuera del continente americano, la zona de control de los Estados Unidos, la influencia de potencias extranjeras, primero europeas y más tarde soviéticas.
La llamada Doctrina Donroe no es más que una farsa amparada en la historia, que lejos de buscar la protección del continente, esta orientada a demostrar que desde Washington se puede decidir sobre la región lo que se quiera, de acuerdo a sus intereses, y, si las circunstancias lo permiten, extender esta lógica al resto del mundo.
Con un claro despreció por las formas diplomáticas y las normas básicas de las relaciones internacionales, el presidente Trump ha advertido de manera constante -por decirlo de manera sutil-, a sus homólogos de todo el mundo que, si no hacen lo que él espera, serán obligados a hacerlo.
El caso Venezuela es el ejemplo más visible de esta política remasterizada al estilo Trump: una presión política sostenida, acompañara de sanciones y respaldo, o amenazas, a actores internos, que terminó con el secuestro del presidente Maduro y el control del país.
A partir de ahí, Trump se ha dedicado a advertir, siguiendo con los eufemismos, a otros países. Colombia y México siguieron en su lista, a quienes con exigencias -ya cuesta distinguir entre petición y amenaza- pidió controlen el crimen organizado en sus territorios, o de lo contrario enfrentarán una intervención. Como ya dijimos en este espacio, más allá de la viabilidad de un ataque director, lo verdaderamente preocupante es el derecho que Trump se atribuye para intervenir en la política interna, violentar la soberanía y querer imponer sus caprichos.
Luego apuntó a Groenlandia, región sobre la cual intentó extender su dominio, sin atender, al menos inicialmente, lo que Dinamarca o los propios groenlandeses tuvieran que decir. En el marco del Foro de Davos, entre reclamos, reproches, propuestas desarrollo, paz y de construcción de rascacielos, estas ideas de “compra de territorios” -otro eufemismo más- quedaron momentáneamente resueltas.
En el 18 brumario, Marx señala que las personas no hacen su historia en las circunstancias que ellos quisieran, sino que lo hacen bajo circunstancias que heredaron del pasado. Para Trump, esas circunstancias eran desfavorables para su país, de ahí su famosa consigna de “Make America great again”. En su intento por lograrlo, recurrió a los espíritus del pasado, tomó viejas ideas y viejos nombres, y los presentó como si fueran novedosos. El resultado no es innovación política propia de un genio, sino una farsa que, lejos de ser inofensiva, resulta profundamente peligrosa.