El sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta dos tormentas que sacuden la economía real y la relación de México con Estados Unidos: Donald Trump determinó no renovar el T-MEC y terminará en el 2036 como ya estaba estipulado, al tiempo que el gusano barrenador del ganado ya llegó a Texas y Nuevo México, tras expandirse por 26 estados de la República mexicana.
Estas crisis no son fortuitas, sino el resultado de omisiones estructurales, recortes presupuestales, exceso de confianza, decisiones ideológicas del sexenio pasado y respuestas reactivas o insuficientes en el actual.
La plaga de la mosca Cochliomyia hominivorax avanzó desde Panamá y Costa Rica y llegó a Chiapas en noviembre de 2024. Para marzo de este año se reportaban más de mil casos activos en 19 estados, con Oaxaca, Veracruz y Chiapas a la cabeza, mientras que los contagios en humanos se han duplicado.
¿Por qué pasó? Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se desmanteló la capacidad instalada en materia de sanidad. Senasica sufrió recortes presupuestales cercanos al 30% entre 2018-2021 que provocaron que se bajara la guardia en vigilancia, control de movilidad animal y barreras sanitarias del sur. El personal destacado en esa región es insuficiente.
El propio expresidente llegó a calificar estos programas de sanidad como “gastadero de dinero”. El resultado: exceso de confianza tras el estatus de país libre de 1991, fallas en notificaciones oportunas, corrupción en aretes de identificación y contrabando de ganado desde Guatemala. La plaga encontró el terreno abonado.
Sheinbaum heredó la emergencia y comenzó a implementar algunas acciones, sin embargo, la respuesta inicial fue tardía y parcial y el resultado fue que Estados Unidos cerrara su frontera a la importación de ganado en pie mexicano, con impactos económicos devastadoras para la ganadería nacional.
Consecuencias concretas y brutales:
• Pérdidas superiores a 1,300 millones de dólares solo en exportaciones de ganado en pie.
• Costos de producción al alza (2-3% adicionales), tratamiento por animal y menor productividad.
• Miles de familias ganaderas del sur en crisis; muchos hatos diezmados.
• Propagación a fauna silvestre y mascotas; casos humanos en aumento.
• Presión para “industrializar” el sector a marchas forzadas, con ganadores y perdedores claros.
Las decisiones fueron en gran parte improvisadas (respuestas de emergencia reactivas) e inducidas por la presión estadounidense. El daño ya está hecho y la recuperación será lenta y costosa. Erradicar la plaga llevará más de cinco años.
Hace unos días ahí vimos a la nueva Secretaria de la SADER, Columba López Gutiérrez, reinaugurado la planta de mosca estéril, inversión que realizaron los Estados Unidos en Chiapas para controlar el gusano barrenador; en la foto apareció, Julio Berdegué, quién, como recordarán culpo a los Estados Unidos de la situación, fitosanitaria en su momento.
Cabe aclarar que la comercialización de ganado, cumpliendo mayores estándares, de calidad y sanitarias continuas, dándose de Centroamérica, hacia el sureste del país y otros destinos; e incluso castigando los precios de los productores directos de los cárnicos en pie.
T-MEC: la crisis estructural que sigue
El tratado se negoció y entró en vigor en el sexenio López Obrador, pero luego vinieron las contradicciones. Las políticas energéticas (favoritismo a Pemex y CFE) generaron disputas formales bajo el mecanismo de solución de controversias.
Las reformas constitucionales de 2024 -especialmente la judicial- fueron vistas por Washington y Ottawa como atentados contra el Estado de derecho, la protección a inversiones y los compromisos del propio tratado. Se ignoraron advertencias de que eso complicaría la revisión de 2026.
Sheinbaum ha buscado un tono más pragmático: defiende la continuidad del tratado, ha alineado algunas medidas (aranceles a China) y mantiene diálogo. Sin embargo, hereda un clima envenenado. Trump 2.0 usa la amenaza de aranceles (por migración, fentanilo y entregas de agua del Río Bravo) como palanca.
Ayer, Estados Unidos rechazó renovar el tratado de manera automática por 16 años adicionales, como lo habían solicitado México y Canadá, y en su lugar optó por mantener la vigencia actual del acuerdo hasta 2036, con un esquema de revisiones anuales.
Así, hoy estamos enfrentando las consecuencias de decisiones del sexenio pasado que fueron ideológicas e improvisadas (reformas sin calcular el costo internacional). Las del actual son, en buena medida, reactivas e inducidas por la presión de Washington. México negocia desde una posición debilitada.