El patio estaba lleno. Era lunes y la ceremonia cívica estaba por comenzar. La escolta esperaba la orden para avanzar. Al frente estaban, como casi siempre, quienes habían obtenido los mejores promedios.
Desde su fila, una niña los observaba. Ella también tenía buenas calificaciones, pero no las mejores. Alguna vez preguntó por qué no podía estar ahí.
—Porque ellos son los mejores alumnos —le respondieron.
Esa frase, aparentemente inocente, resume una idea que durante años hemos transmitido en las escuelas: quien obtiene las mejores calificaciones merece estar al frente.
Por eso, las modificaciones a los criterios para integrar las escoltas y dejar atrás la idea de que deben estar conformadas exclusivamente por quienes tienen las calificaciones más altas pueden causar cierto “ruido” en este nuevo ciclo escolar.
Sin embargo, este nuevo planteamiento, nos permite plantearnos una pregunta mucho más profunda: ¿qué entendemos por mérito y qué tipo de estudiante queremos formar?
Desde los principios de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), la respuesta no puede reducirse a una calificación. La educación plantea una formación integral, humanista y con sentido comunitario, en la que el aprendizaje se vincula con la convivencia, la inclusión, la solidaridad, la responsabilidad y el respeto a la diversidad.
Una boleta registra números, pero no siempre registra historias. No dice quién estudió mientras enfrentaba dificultades familiares, quién ayudó a un compañero, quién mostró liderazgo, responsabilidad o solidaridad. Tampoco refleja necesariamente las condiciones desde las cuales cada estudiante construyó sus logros.
Y ahí aparece una de las limitaciones de entender la meritocracia únicamente desde el promedio: suponer que todos parten del mismo lugar y que un número puede medir por completo su esfuerzo y sus capacidades.
La Nueva Escuela Mexicana propone mirar al estudiante de manera integral. Por eso, ampliar los criterios para integrar una escolta puede convertirse en una oportunidad para reconocer otras formas de excelencia: la disciplina, la perseverancia, el compromiso, la solidaridad, el trabajo colaborativo y la capacidad de contribuir al bienestar de la comunidad.
Esto no significa restar valor al esfuerzo académico. Quien estudia y obtiene excelentes resultados merece reconocimiento. Significa, más bien, dejar de considerar que las calificaciones son la única expresión del mérito.
Si se modifican los criterios, estos deben ser claros, transparentes y conocidos por la comunidad escolar. Si la escuela quiere construir una nueva forma de reconocer a sus estudiantes, no significa abandonar la evaluación, significa hacerla más amplia, más humana, más justa, más inclusiva.
La verdadera transformación está en comprender que una escuela pública no solamente prepara estudiantes para competir, sino ciudadanos capaces de convivir, crear, participar, construir comunidad.
Por eso, quizá la pregunta no sea si los alumnos con mejores promedios merecen estar en la escolta.Claro que lo merecen. La pregunta es si son los únicos capaces de representar a su escuela.
Si la bandera representa a toda una comunidad, quienes marchan detrás de ella también deberían reflejar los valores que queremos formar en nuestras niñas, niños y adolescentes.
Porque desde la mirada de la Nueva Escuela Mexicana, educar no es enseñar quién es el mejor; es ayudar a cada estudiante a descubrir cómo puede aportar al bien común, o como lo planteó Paulo Freire “La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo”.
Quizá ha llegado el momento de que la meritocracia en la escuela amplíe su horizonte y vaya más allá de una calificación, porque al final, detrás de una escolta no caminan solamente los alumnos que obtuvieron las mejores notas, camina toda una comunidad escolar que tiene diferentes méritos en sus propias historias.
Dra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MUxED)