Decimos que el fin de la Edad Media ocurrió el 29 de mayo de 1453 d.C., porque esa fecha el ejército otomano capturó la ciudad de Constantinopla, sede hasta entonces del imperio bizantino. El acontecimiento en sí fue relevante para los involucrados, por supuesto (sobre todo para los que perdieron la vida), pero para efectos de entender las diferencias entre la Edad Moderna, o el Renacimiento, y el periodo de mil años que lo antecedió, su valor es más simbólico que práctico. Lo mismo ocurre con el banderazo de salida ilustrado que representamos con la toma de la Bastilla, y a nivel doméstico, la madrugada del 16 de septiembre como el día que nacimos como país (porque empezó la lucha contra los españoles por otros españoles a los que trataban como menos españoles, sabemos esa grilla). Soy consciente de que no estoy descubriéndole esto a nadie, porque en el fondo todos podemos diferenciar entre suceso y proceso, e intuimos que los países, los gobiernos y hasta los individuos, requieren de los últimos y no de los primeros para transformarse. Un suceso puede ser importante en tanto que ponga en marcha un proceso, o en tanto nos haga caer en la cuenta de que las cosas ya no son como eran antes, pero la construcción y destrucción de inercias culturales, instituciones, costumbres y cosmovisiones, es gradual, con frecuencia imperceptible para quien las vive.
Lo que me provocó repensar este tema fue algo que Juan Francisco Ferré dijo en una conferencia, sobre maximalistas literarios, autores que ambicionan retacar sus novelas de tantos objetos, historias y personajes, que acaben siendo fieles ventanas a mundos enteros. En pocas palabras, dijo que la gente marca el inicio de un siglo el año uno (1900, 2000, etc.), pero la realidad es que puede acabar antes o después, y - aquí lo novedoso para mí- entre una era y otra hay un periodo límbico, de resabio donde una se ha ido pero la nueva no ha llegado. En este contexto, según él, el siglo XX creyó concluir con la caída del muro de Berlín, pero realmente concluyó con el ataque a las torres gemelas. La idea es interesante, porque fue precisamente este último acontecimiento el que abrió la cloaca de la paranoia, xenofobia, ignorancia y discursos de odio que existían en todo el mundo, con transmisión de escenas de personas comunes y corrientes celebrando la muerte de otras personas, también civiles, al otro lado del mundo, por el mero hecho de su nacionalidad. Todo ello dejaba bastante mal parado el optimismo globalizador de quienes anticipaban un mundo de consumidores sin fronteras con el fin del comunismo y “lo del internet”. Pero resulta que el nuevo siglo no empezó en ese momento, pero fue con la pandemia (que hoy tratamos como el abuelo muerto de cirrosis del que no se debe hablar) con lo que nos enteramos que habíamos entrado en la era del populismo autoritario por aclamación, el control social, la posverdad y la búsqueda de identidad yuxtapuesta con las identidades grupales que ya existían por montones.
Propongo este recordatorio como punto de contraste con la dramática grandilocuencia con la que vivimos el presente político, ese que vemos en los encabezados de prensa y los noticieros (televisados o en redes, es la misma cosa cuando le quitas la paja). La prensa y los actores políticos de todo el mundo se dedican a reaccionar a la amenaza o el berrinche del día de Donald Trump, a sus amenazas arancelarias por razones cada vez más inverosímiles (porque hay un déficit comercial, porque las drogas, porque quieren enjuiciar a su versión brasileña, da igual). Y él mismo actúa con la ingenuidad de los antiguos faraones, como si pudiera cambiar el futuro del mundo por decretos en forma de exabruptos desde su teléfono. Declaró que el día que inició su esquizofrenia arancelaria será recordado como el día de la independencia económica de USA. Le cambia el nombre a extensiones de mar y tierra y cree que si lo dice google maps, entonces ya es oficial. Cree que cuatro años de presiones económicas y amenazas a sus socios comerciales bastarán para ganarle la batalla a un país - China - acostumbrado a ver el panorama por siglos y no por cuatrienios. En fin, cree muchas cosas, y también quienes están a salto de mata como si cada día fuera apocalíptico. Voy doble contra sencillo a que los verdaderos cambios ocurrieron antes, y están ocurriendo sin que reparemos mucho en ellos. Como siempre.