La Ciudad de México acaba de aprobar dos leyes que, a primera vista, parecen responder a nuevas realidades sociales: la ley de vivienda que prohíbe la discriminación contra personas con mascotas, y la ley coloquialmente llamada “¿Con quién se queda con el perro?”, que reconoce a los animales de compañía como integrantes de la familia en casos de separación o divorcio. Ambas reformas no son menores; muestran hasta qué punto perros y gatos han conquistado un lugar en el corazón y en la estructura de las familias capitalinas.
Hoy no basta con hablar de “mascotas”. Para millones de habitantes, un perro o un gato es un hijo adoptado, un compañero de vida, un vínculo emocional que incluso sustituye la decisión de tener descendencia. La familia, ese concepto rígido que durante décadas se resumía en papá, mamá e hijos, ahora se redefine como un espacio elegido, donde lazos afectivos pesan tanto o más que los sanguíneos. En ese sentido, la ley acierta al reconocer la transformación cultural.
Sin embargo, el entusiasmo debe moderarse con una mirada crítica. Estas normas visibilizan derechos de un sector social, pero dejan fuera problemas que, aunque más graves, no logran captar el mismo compromiso colectivo. ¿Por qué la indignación es inmediata ante un perro maltratado, mientras que frente a un niño en situación de calle o un adulto mayor abandonado preferimos desviar la mirada? La empatía se ha vuelto selectiva, más fuerte hacia los animales que hacia los propios semejantes.
El riesgo de estas reformas es consolidar un doble discurso: celebramos la custodia compartida de un perro, pero toleramos que miles de niñas y niños trabajen en semáforos; nos escandaliza el abandono de un gato, pero normalizamos la indigencia humana en banquetas y estaciones de metro. En esa comparación incómoda, la sociedad capitalina queda retratada con toda su contradicción.
La legislación reconoce como “animales de compañía” casi exclusivamente a perros y gatos. Nada se dice de la fauna citadina, desde aves hasta murciélagos, ni mucho menos del control de plagas que también forman parte de la convivencia urbana. ¿O es que preferimos invisibilizar lo que incomoda y sólo elevar a rango de familia a quienes resultan fotogénicos?
Es positivo que la Ciudad de México innove en derechos y adapte sus leyes a nuevas formas de convivencia. Pero el reto es más amplio: lograr que ese reconocimiento no sea un gesto superficial ni un privilegio de quienes pueden pagar croquetas premium, sino parte de una política integral de empatía y justicia. En otras palabras, que la custodia animal no se convierta en un espejo que exhiba la hipocresía social, sino en un primer paso para repensar nuestras verdaderas prioridades humanas.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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