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¿De Gaulle o Fujimori?

¿De Gaulle o Fujimori?

Columnas miércoles 04 de agosto de 2021 -

Pedro Arturo Aguirre

Túnez es el país donde se encendió la chispa de la primavera árabe hace una década y hasta hace poco parecía ser la única democracia viable del mundo árabe. Esta situación cambió drásticamente el pasado 25 de julio cuando el presidente Kais Said destituyó al primer ministro y suspendió al Parlamento invocando de manera controvertida un artículo de la Constitución. Como ha sucedido de manera reiterada, la democracia comprobó de nuevo no ser una “varita mágica” capaz de resolver todos los problemas. La decisión de Said fue tomada tras varios días de protestas protagonizadas por miles de ciudadanos hastiados por la crisis económica, la corrupción rampante y la mala gestión de la pandemia.

Ahora el presidente gobernará por decreto. Todo indicaría a la aparición de un hombre fuerte en el norte de África en un estilo muy parecido al de Fujimori. Pero la democracia tunecina no ha sido funcional. Los gobiernos emanados de ella se han caracterizado por su inestabilidad, incompetencia y venalidad. El Parlamento está fragmentado, lo cual hace imposible alcanzar acuerdos de envergadura. A diez años de la democratización el paro entre los jóvenes es de un 41 por ciento, los niveles de vida han disminuido, la mayoría de los jóvenes sueñan con emigrar, el 25 por ciento de la población vive en la pobreza absoluta y Túnez es el país de África con más muertos por Covid. Para colmo, la presencia de partidos islamistas en las últimas coaliciones gubernamentales empezaba a amenazar algunas de las libertades conseguidas en años recientes, sobre todo en el terreno de la emancipación de las mujeres.

Ante las insuficiencias de la incipiente democracia tunecina muchos optimistas ven en la iniciativa del presidente una “segunda oportunidad”. Said es un profesor de Derecho Constitucional, electo de forma abrumadora como candidato independiente en 2019. Basó su campaña en denostar a la corrupción y a los abusos de la clase política. Ha jurado preservar las libertades individuales y señala como razón de su decisión el deseo de “cortar el nudo gordiano” implícito en la Constitución, la cual no define con claridad cuáles son los poderes del presidente y cuáles los del primer ministro. Urge, dice, una reforma para poner fin a la ingobernabilidad, reforzar a las instituciones y liberarlas de los grupos de poder, tal como en su momento lo hizo en Francia el general De Gaulle. Pero Said presenta algunos rasgos mesiánicos preocupantes. Por ejemplo, se ve a sí mismo como la encarnación del califa Umar Ibn-Khattab, también llamado Al-Farooq (el que distingue el mal del bien). Será en los próximos meses cuando veamos si el golpe de Said sirve para sanear una democracia defectuosa o, más bien, se trata de la entronización de un nuevo dictador.


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