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“La duda. ¿Necesaria? “

“La duda. ¿Necesaria? “

Columnas jueves 02 de julio de 2020 - 00:45

Ahora que mucha gente sigue resguardada en casa, me he permitido recurrir al cine de antaño para recomendarle a usted, amable lector, el cine que perdura y que a veces queda olvidado, y el cual solo sale a relucir cuando se cumple alguna fecha importante alrededor de este. Pero como en esta sección no necesitamos de días especiales para hablar del cine especial, hablemos de Nazarín de Luis Buñuel.

El padre Nazario (Francisco Rabal) vive en una vecindad pobre, como cualquier vecindad, el mismo parece autoimponerse esa penitencia: comer cuando hay, vivir de lo que le de Dios. Es muy conocido, respetados por algunos y por otros tantos vapuleado, como el grupo de prostitutas que se burlan de él. Una noche estas mujeres, al calor del pulque, deciden llevar las palabras a los golpes y los golpes a la sangre, una de estas, al huir de la policía le implora refugio al padre Nazario. Su nombre es Andara (Rita Macedo).

El sacerdote resguarda por unos días a Andara hasta que Beatriz (Marga López) les avisa que la policía los está buscando y ambos tienen que huir, cada uno por su cuenta. A estos dos se les une Beatriz (Marga López). Mujer sumisa, golpeada y utilizada por su esposo, el cual un buen día le abandona. Beatriz es epiléptica lo que le ocasiona vergüenza. Después de que su marido la abandona esta decide irse de su pueblo.

Los caminos de Dios son harto complicados. Y en esos caminos la vida de estos tres fugitivos se convertirá en una: El sacerdote “rebelde”, La prostituta redimida, la mujer que ha aprendido a valorarse, a los cuales se añaden el ladrón con código de honor o el enano enamorado.

Buñuel se consideraba ateo, yo lo llamaría anticlerical: “me iré al campo, en donde podre sentiré más cerca de Dios”. Para Buñuel, Dios no está en la iglesia, ni el hábito hace al monje, la dignidad de un sacerdote no se la da el alza cuellos, a esto agreguémosle también que los pobres no son buenos por antonomasia: el grupo de obreros le golpean por envida. Mismos tópicos que se repetirán por ejemplo en Simón del desierto y los cuales siempre fueron eje principal del cine de la época de oro del cine nacional solo que de forma contraria.

Para el director, el punto medular del filme es la duda, sino hay duda no hay crecimiento, por ello es tan interesante el desenlace: el asesino que duda de su maldad (Ignacio López Tarso) el cual a su vez hace dudar a Nazario de su bondad. Los estruendosos tambores que suenan (tradición católica que representa el terretremo acaecido después de la muerte de Jesucristo) son la prueba inconmensurable de que Nazarín ha aceptado su desenlace.

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/CR

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