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No vean hacia arriba, reto CDMX

No vean hacia arriba, reto CDMX

Columnas jueves 22 de febrero de 2024 -

Como 5 años tarde, pero por fin el problema de la escasez de agua en el país y en la CDMX en particular, se ha vuelto un tema prioritario en la agenda pública coyuntural. Entre las sequías, las fugas y las concesiones acuíferas a grandes empresas, el agua corriente y el agua potable están en camino a convertirse bienes semejantes a los combustibles o a la energía eléctrica; no estoy bromeando. Las declaraciones de quien hoy detenta algún cargo son irrelevantes, sin importar el partido o nivel de gobierno, puesto que sólo un imbécil diría que el agua se acabará. El pánico creado al instante desataría cualquier cantidad de acciones especulativas y comportamientos primitivos entre vecinos. Nadie gana. Pero sí se está acabando.

El tema del agua se debe discutir en 3 dimensiones, por lo menos:

En primer lugar, quiénes son los que más las están utilizando, lo que es menos obvio de lo que se piensa, porque hasta hace poco tiempo la responsabilidad de la propaganda gubernamental se iba totalmente al consumo doméstico, las campañas de “ciérrale”, y esas cursilerías bananeras. Resulta que los que más usan agua son los actores económicos, y por ahí hay que empezar. En el caso de México, es la agroindustria, la minería, la industria energética, la petroquímica y la industria de los alimentos. No son sectores triviales.

En segundo lugar, hay que hacer una yuxtaposición seria de industrias usuarias versus valor generado, tanto a nivel económico como impositivo y en materia de creación de empleos. Emprender una cruzada contra todas las empresas que usan mucha agua es estúpido, si algunas de ellas son las mayores generadoras de empleo y contribuciones del país; con ellas habría que llegar a una reestructura en sus concesiones.

En tercer lugar, el tema tiene que ver con la planeación nacional del desarrollo. El hecho de que el norte y el centro sigan siendo los polos de desarrollo a corto, mediano y largo plazo, hace pensar que existe una estrategia posible y económicamente viable para evitar el día cero en Nuevo León, en la CDMX, en Jalisco. Pero si la hay, nadie la ha compartido con suficiente detalle. Más bien parece que la estrategia de desarrollo subnacional a mediano plazo es insostenible para todos los involucrados.

Pero el estrés hídrico en el país no es un tema de alcaldías o presas específicas. La mitad del territorio nacional se dirige al día cero y, aunque nadie sabe exactamente cuándo será, lo más probable es que les toque verlo a quienes el día de hoy tienen 60 años o menos; es decir, no es como la preocupación de “la capa de ozono”, sino una mucho más próxima.

Casi todos (personas, empresas, gobiernos) han optado por la estrategia de la negación o del cálculo irresponsable; a saber, que seguirán sobre explotando el recurso hasta que el agua, literalmente, deje de salir de la llave. Cuando eso suceda - piensan - se irán a otro lado donde sí haya agua, y ya. Esto tiene algunos aspectos problemáticos: casi nadie viaja tan ligero como para cambiar de residencia sin asumir costos de transacción elevados, y esto va tanto para las empresas que insisten en colocarse en Nuevo León como para las personas que insisten en comprar inmuebles a crédito en la Ciudad de México. Especialmente en el segundo caso, uno de los efectos más nocivos del día cero en la capital del país, es que hasta que ese día llegue, los inmuebles seguirán subiendo de precio y por tanto los compradores y desarrolladores lo seguirán viendo como una buena inversión por su “plusvalía”, en el sentido en que el clasemediero que le llama “patrimonio “ a su hipoteca y cree que sus hijos harán networking desde el kínder, entiende la palabra plusvalía.

Empero, cuando el día cero se acerque lo suficiente, los inversionistas bursátiles relacionados con inmuebles comenzarán una especulación en contra del valor de los inmuebles en la CDMX, porque no vale nada una casa donde no hay ni habrá agua. Esto conducirá a que, obviamente, colapsen los precios, pero también los deudores hipotecarios quieran deshacerse de sus casas a medio pagar, o simplemente las abandonen, como ocurrió en Tecámac, Sinaloa o Detroit por distintas razones. Empero, el banco se quedará con las casas, pero sin poder rematarlas, porque, insisto, una casa donde no hay ni habrá agua, no se vende ni barata ni cara. Esto puede causar un efecto dominó en las finanzas de los propios bancos y en la economía nacional, más grave de lo que se piensa.

En suma, alguien tendría que estar haciendo un cruzamiento de datos entre la composición económica de México y la relación costo - beneficio de cada sector usuario, y una proyección seria sobre los efectos económicos del colapso inmobiliario que acaecerá cuando se acerque el día cero. Y nadie lo está haciendo, porque todos - actores y audiencias - están en el tema de Lozoya y en “lo de las campañas”. Genios.


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/CR

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