Hace unos días se hizo público el monto de toda la deuda del Gobierno Federal, que, dividido entre los casi 130 millones de habitantes, da la friolera cantidad que el gobierno, a nombre nuestro, nos ha endeudado por 132 mil pesos a cada uno de nosotros.
Pero, ¿toda deuda es mala? ¿esto empezó apenas? No. A principios de 2019, la deuda pública por cada habitante era, aproximadamente, de ochenta mil pesos. Hoy, en sólo seis años, son cincuenta mil pesos más. ¿Esto es mucho o poco? Depende de con quién nos comparemos. Si nos vemos a nosotros mismos, la deuda pública del gobierno se ha disparado en los últimos 25 años, pero no hay antecedente alguno como los últimos seis años. La fiesta de repartir dinero no la pagan quienes firman los decretos, la pagamos todas y todos.
¿Por qué aumentó tanto la deuda del gobierno? Recordemos que tenemos seis años con crecimiento económico casi nulo, en parte por la Pandemia, pero particularmente por las decisiones de políticas públicas aplicadas en México. El primer gran costo fue la cancelación del aeropuerto en Texcoco; primero porque estamos pagando por algo que no se construyó y porque el AIFA no resolvió el problema de la saturación del AICM. Por eso hoy, el aeropuerto “El Dorado”, en Bogotá, Colombia; es el aeropuerto latinoamericano que más pasajeros recibe en Latinoamérica, desplazando al AICM al tercer lugar regional. Una decisión económica muy costosa.
Después han seguido obras que debieron desarrollarse en otras épocas, o esperar mejores tiempos. Habría sido mejor para la industria petrolera mejorar las refinerías ya existentes que crear una nueva, que hoy ha costado tres veces más que lo originalmente presupuestado. Esta política ha generado una nueva bola de nieve: Pemex le debe, literalmente, a medio mundo. Y si no fuera por los subsidios gubernamentales, desde hace años habría quebrado. Por ello la mayoría de los inversionistas extranjeros han salido del sector. Nuestra “soberanía energética” tiene arena en las manos: hay sobreoferta de petróleo a nivel global, algo en lo que nada podemos hacer, y competimos con países como Guyana, que hoy tiene las mayores reservas petroleras recién identificadas.
Y qué decir del Tren Maya. La prometida prosperidad para las comunidades de la selva se ha quedo en ello. No hay, ni habrá, pasajeros suficientes que hagan más o menos rentable el tren. Ni con el transporte de carga, porque en toda la Península de Yucatán viven menos personas que en la Ciudad de México. ¿Qué carga puedes mover en zonas con tan poca densidad poblacional? De hecho, hoy hay escándalos de corrupción en España, que salpicarán a empresas asignadas en dicha obra.
Todo esto, sin olvidar que nuestra economía se ha inundado del dinero manchado de sangre de la delincuencia organizada; que prometió prosperidad, pero que al mediano y largo plazo nos ha empobrecido más y envilecido a niveles inimaginables.