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1917: La guerra que nunca termina

1917: La guerra que nunca termina

Columnas jueves 16 de enero de 2020 - 01:22

En la primavera de 1917 el reloj está en marcha. Dos hombres son encargados –bajo chantaje uno más que otro- de llevar una orden directa al segundo batallón de su artillería, el cual, en tan solo unas horas, dará comienzo a un ataque devastador que, más que darle la victoria al ejército inglés, será el punto de partida para su autodestrucción en contra del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial.

Así comienza este plano secuencia tan devastador como emocionante, en donde un par de jóvenes soldados tienen el tiempo contado para llegar del punto A al punto B para llevar los nuevos planes de guerra a sus superiores. 1917 requiere inmersión de nuestra parte y realmente nos la pone fácil, no pide demasiado de nosotros más que sentarnos y dejarnos llevar por este filme anecdótico, tan desgarrador como emocionante. Anécdota contada por el abuelo del propio director cabe mencionar.

Aunque el planteamiento pareciera sencillo: llevar de un lugar a otro al personaje principal (Rescatando al Soldado Ryan, Después de la tierra, entre otras ) la genialidad de Mendes y de su director de fotografía Roger Deakins- quien brilla por su dirección de cámaras- llevan a nuestros protagonistas por un cúmulo casi interminable – simbólico y real- de pequeños infiernos laberínticos en donde ya no es solo la preocupación de los personajes sino propia, la del llegar a ese tan lejano y casi irreal punto B, sino del salir vivos de los diez metros siguientes a recorrer.
Dentro de las varias parábolas y metáforas que resultan de las dos horas de duración de 1917 valdría la pena recalcar el carácter antibélico del discurso, muy necesario, en donde todo el tiempo parece que se nos está diciendo que no hay honor en apuntarle a otro saldo a la cara, que como dijera Manuel Villegas López – escritor y crítico de cine- “que también son héroes, nada más que de otro lado”.
Ganadora del Globo a Mejor película y Mejor director –entre otros premios- 1917 demuestra que el cine necesita de manos y compañerismo, de carne y sangre, de extras que corran detrás de las explosiones, de entrega y mimetización entre el director, el fotógrafo el editor y todo el cúmulo de agregados, que el cine magnánimo va más allá de pantallas verdes, fondos animados y miles de efectos especiales que, cual golosina, solo endulzan los sentidos por un momento.

Sam Mendes sabe que en la guerra todos son héroes y villanos al mismo tiempo. Porque la guerra está llena de ingratitud durante o después de ella, pero nunca antes, sino no habría soldados a los que mandar al frente, lo sabe y lo sabe bien, de ahí su agridulce e ingrato final.

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/CR

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