Famosa es la historia de la Compañía de Jesús, y su compromiso con el universo de la Contrareforma, desde su fundación, por Ignacio de Loyola en el siglo dieciséis. Épicas son sus disquisiciones teológicas y filosóficas con los calvinistas con personajes como Francisco Suárez, o el enaltecimiento más puro de la nobleza castellana con Luis Gonzága o Francisco de Borja. Las extensísimas campañas misioneras por la pluriculturalidad del imperio hispánico en América, es casi tan portentoso como la sede de su escuela novohispana en Tepozotlán, hoy en día Museo del Virreinato, que nos da una idea del poder de una orden que hacia el siglo dieciocho asumirá la primacía en la formación de la élite criolla, incorporando los postulados de la dialéctica, nunca del gusto de los autoritarismos, por lo que se convertirían en la cabeza visible de los conflictos del orden imperial cuando este comenzaba a conflictuarse con el pensamiento ilustrado, fundamentador de la ciencia moderna.
Hablar de jesuitas, es hablar de la orden donde su mejor arma ha sido permanentemente el estudio, y como cualquier pensamiento estructurado de forma racional, se convierte en poco dado a someterse a caprichos de personajes de dudosos cimientos intelectuales. Echados de los virreinatos hispánicos y lusitanos, en la década de los setentas del siglo dieciocho, se construiría el mito de su incomodidad ante el poder, pero también, la presentación a Europa del mundo que egoístamente escondía una España celosa de sus dominios. Hay que leer las maravillosas descripciones del Nuevo Mundo que harán maestros de la altura de Francisco Xavier Clavijero, desde Italia donde viviera exiliado.
Los reyes los terminaron respetando y hasta temiendo por su irrestricta lealtad a Roma, pero la población, los amó como sus maestros (profesores de muchos de nosotros), y en las condiciones más críticas, su sacrificio solamente puede ser comparable al de aquellos mártires de Japón, como el primer santo mexicano San Francisco Xavier, pues el espíritu crítico jesuita los ha llevado siempre a internarse en donde la arbitrariedad impere, para contrarrestar con el poder del conocimiento crítico.
Los hermanos Javier Campos Morales y Joaquín Mora Salazar, en plena misión en la Sierra Tarahumara, fueron asesinados en pleno altar de la iglesia de Cerocahui, por un tal José Noriel Castillo Gil, capo que en un monumental berrinche porque el equipo de béisbol del que es dueño, perdiera la partida (...). Lo banal de la razón del crimen, donde además se llevó a un guía de turistas, solamente puede ser comparado al de algún psicópata nazi asesinando porque simplemente puede. Eso pasa en México: la peor escoria nacional, “mata porque puede”, de la misma forma que se roba, se miente y se enajena a la población con verborreas insufribles y mitómanas: “porque se puede”.