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Barroco y reaccionario

Barroco y reaccionario

Columnas martes 07 de enero de 2020 - 02:11

Nunca me he sentido cómodo escribiendo sobre actualidad. La poesía conciliadora de Hafez me ha permitido tolerar que me llamen barroco o reaccionario. Hace algunas semanas, a nada de confesarle que estaba embarcado en un proyecto que reivindica el viaje romántico a la Stendhal, Juan Pablo Villalobos empezó a contarme sobre algún viaje que hizo por la ruta del Danubio con un libro de Claudio Magris en mano. Decía que aquella travesía le hizo constatar que escribir crónicas buscando reconstruir escenarios a partir de la literatura era terriblemente ingenuo. Menos mal que nos interrumpió el mesero con el café, porque de otra manera me habría sentido un poquito más miserable.

Pero como buen consumidor de historias malogrado, decidí comenzar el 2020, en plena efervescencia por los Golden Globes, con dos películas de la década pasada —qué recurso tan divertido a estas alturas del año—: Pasión por las letras, de Michael Grandage; y Un hombre irracional, de Woody Allen.

La primera me parecía necesaria por el hecho de recuperar a Thomas Wolfe (no confundir con Tom Wolfe, el hombre de traje blanco del nuevo periodismo norteamericano), del que William Faulkner decía que se trataba del escritor más talentoso de su generación y el «mejor fracaso» de la narrativa norteamericana. Incluso por delante de él, que en términos faulknerianos debió significar un halago sin precedente. No era una hornada de escritores cualquiera, hablamos de un coetáneo de F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway bajo el manto del legendario editor Max Perkins.

En lo que refiere a la segunda, admito que la cargada dosis de metaliteratura y de filosofía de la filosofía que suelen impregnar todas las cintas de Allen siempre me han parecido ejercicios de reflexión maravillosos. Imaginen a Joaquin Phoenix como un académico depresivo devenido en justiciero inspirado por los perturbadores y aleccionadores pasajes de Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski —cuándo no—.
En fin, me gustaría establecer que escribo todo esto un tanto dolido por no haber pasado el año nuevo en el cerro de las Campanas como homenaje a Maximiliano. Lo siento, Juan Pablo. Ya no hay marcha atrás.

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/CR

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