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Bel Ami

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Columnas martes 16 de junio de 2020 - 14:04



El 26 de octubre de 1884, con la vanagloria del que ha escrito algo que sabe que no pasará desapercibido, un exultante Guy de Maupassant le dijo a su criado: «¡He terminado Bel Ami, François! Espero que satisfaga a los que me piden algo largo. En cuanto a los periodistas, se quedarán con lo que buenamente les parezca; ahí los aguardo».

    Maupassant, cuentista prolífico, consumado y reverenciado por nada menos que Chéjov, recién afrontaba la publicación de la que sería su segunda novela, una sátira sobre la sociedad y la prensa de su época, protagonizada por un arribista sin escrúpulos que vio en el periodismo y las mujeres un ascensor social: Jorge Duroy, nuestro Bel Ami.

    La historia está ambientada en la París decimonónica, en la que reinaba la hipocresía y la corrupción, donde era preferible no tener un techo a no tener un frac. Bajo dicho contexto, el dandismo y el atractivo de Duroy, un militar retirado, le permitieron cortejar a cuanta mujer acaudalada se propuso y tener una columna regular en La Vie Française. Pese a que se trata de un hombre envilecido y cegado por la ambición, no se puede decir que estemos ante un personaje del todo repulsivo. Especialmente cuando se enfrenta a la tiranía de la hoja en blanco en sus Recuerdos de un cazador en África o al insomnio provocado por el aguijoneo de ver su nombre publicado en la edición impresa del periódico a la mañana siguiente.

    Como era de esperarse, la prensa francesa, escandalizada por haber sido exhibida como el eslabón más sólido del poder político, hostigó al autor, que ya para entonces se encontraba en Sicilia, adonde había llegado en la primavera de 1885 desde el puerto de Cannes, hastiado de París. Casi una década más tarde, Guy de Maupassant moriría en circunstancias aún desconocidas, presumiblemente por una sobredosis de medicamentos. Antes había intentado cortarse la garganta con un cortaplumas de metal, siendo incapaz de asestarse un golpe mortal.

    El periodismo no ha cambiado mucho desde entonces; aunque, ahora, se vuelve más difícil idealizarlo como un instrumento para escalar peldaños sociales.


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/CR

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