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CNDH: al borde del colapso

CNDH: al borde del colapso

Columnas viernes 04 de septiembre de 2020 - 01:39

He sostenido que el saldo de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en sus más de 30 años de existencia, no es positivo para el país. Lo atribuyo a un hecho indudable: la CNDH nunca ha sido autónoma ni independiente del gobierno en turno. Siempre fue gobernada por un grupo de poder que se alineó, con el fin de mantener canonjías y privilegios, no de proteger los derechos humanos, a los intereses de regímenes orientados por agendas político-partidistas, sin importar si gobernaba el PAN o gobernaba el PRI. Siempre he creído que en esa perversión histórica del papel que debe jugar en el entramado democrático nacional, se encuentra la disfuncionalidad, la subutilización de la CNDH, en perjuicio de las mexicanas, de los mexicanos y de sus derechos que hemos venido arrastrando. El resultado ha sido la presencia, casi siempre silente, de esta institución ante los gravísimos episodios de violaciones a los derechos humanos de los que todos hemos sido testigos por décadas, incluyendo, por supuesto, los derivados de la corrupción insaciable y de los fraudes electorales. Un desperdicio institucional, presupuestal y humano, de inconmensurables proporciones.
Desde su fundación por Jorge Carpizo, el grupo político de poder identificado con el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, se adueñó de la Comisión. Fue apenas a finales del año pasado cuando, contra toda su voluntad, ese grupo tuvo que soltar su férreo dominio del organismo que llegó a considerar y tratar como un anexo, como consecuencia de la elección irregular de la nueva presidenta. Para nadie es un secreto que Luis Raúl González Pérez, quien terminó su encargo a finales de 2019, siempre ha sido parte del grupo político encabezado por el exrector José Narro Robles, quien claramente confirmó su militancia priista de toda la vida cuando, el arranque de ensoñación que lo hizo creer que podía ser candidato a la presidencia de la República, por ese mismo partido, en las elecciones de 2018, también le quitó la máscara de imparcialidad de la que abusó.
Sin embargo, la elección atropellada, inconstitucional y abusiva de María de Rosario Piedra Ibarra y su desempeño desde entonces, no ayudaron a mejorar en nada la situación. Nos encontramos ante una verdadera emergencia que ya no puede ocultarse, producto de escándalos y sobresaltos que sacuden a la CNDH y a los que no se les ve el final.
En el recuento de ellos, destacan las renuncias de dos directores generales encargados de dos visitadurías generales, poniendo el dedo en la llaga: la presidenta no es independiente y la Comisión enfrenta el riesgo real de que su autonomía, se vea destruida; es decir, estamos ante el riesgo de martillar el último clavo en el ataúd. A esas dos renuncias, se suma la de la titular del área de Comunicación Social, quien ha hecho públicas las amenazas, la persecución e, incluso, la violencia de género que ha sufrido de parte de la institución. Por si eso fuera poco, en semanas anteriores también se viralizó en la opinión pública, la contratación de dos personas en la CNDH, portadores de dudosos antecedentes: uno identificado plenamente como un agresor de mujeres y, el otro, como un plagiador académico. En todos estos episodios dramáticos, aparece, ganando en oscuridad cada día, la figura del secretario Ejecutivo de la institución.
Desde una perspectiva democrática y constitucional, el buen funcionamiento de la CNDH es incluso un asunto de seguridad nacional, pues si la institución que, por antonomasia, está encargada de velar por los derechos humanos de todas las personas en el país es deficiente en su actuar, todas y todos, sin importar nuestra posición social, edad, filiación política u origen, seguimos bajo la amenaza de que nuestros derechos se vean transgredidos y bajo el yugo de la impunidad galopante, que a todos nos ha convertido en víctimas conforme han pasado los años. Y es que los derechos humanos no tienen color, ni tienen partido político. Los derechos humanos son de todas y de todos, de los que votan, de los que no votan y, sobre todo, de los que no puede votar.
En astronomía se sabe que, cuando una estrella muere, se forma un agujero negro al derrumbarse el cadáver de ese cuerpo estelar sobre sí mismo. No podemos permitir que la CNDH, institución estrella de nuestro orden constitucional, muera y se colapse sobre sí misma. Hay que evitar esa tragedia.
Permítaseme ampliar la alegoría. Si la CNDH muere y se derrumba sobre sí misma, la creación del agujero negro que causaría en nuestro régimen constitucional, sería un acontecimiento devastador, pues, al igual que sucede en las profundidades del espacio al morir las estrellas, todo lo que se encuentra en el entorno que hoy rodea a la CNDH; es decir, nuestros derechos, sería succionado rápidamente por su colapso, hundido por el peso de su gravedad.

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/CR

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