Una feroz crítica al sistema electoral, acusado de costoso y promotor de fraudes electorales que, según, son un atentado a la democracia ante su coste y autonomía, cuando lo que ha permitido es reconstruir a una sociedad tras un largo tiempo de sistema autoritario, ofreciendo confianza en momentos de retos globales que han puesto en jaque a gobiernos más moderados en un Occidente que se recorre a los extremos, como consecuencia de panoramas inciertos.
El empoderamiento de las fuerzas armadas como no había tenido cabida en un sistema que poco a poco se entregaba a una apertura política, en donde la milicia estuvo dispuesta a someterse a un régimen no de personas, sino de instituciones, en donde la ley encara al más violento autoritarismo que se había apaciguado, hasta la difícil conflagración con el sistema anterior, cuyas corruptelas escandalosas, propiciaron el resurgir del discurso de “mano dura”, y el uso del ejército para controlar la violencia generalizada.
Desprecio por los movimientos sociales no controlados desde el propio estado, como lo ocurrido con los defensores del patrimonio natural invaluable, confrontado con proyectos de desarrollo públicos o privados, que en nombre de un beneficio abstracto cargado de demagogia, ocultador de intereses privados deseosos de la explotación natural, se expresan a la luz de un liderazgo que aniquila la defensa de un recurso del que el globo entero es beneficiario.
La pésima asistencia médica ante el Covid-19, combatido con más verborrea que con políticas sanitarias eficientes, que sufrieron recortes presupuestarios criminales, a la par que la educación pública y el desarrollo científico, pues los planes estratégicos del estado parecen divorciados con la salud, la educación y el desarrollo, pues lo que más les urge es derrumbar el sistema político democrático que se opone a la perpetuación de un sistema alterno que en los hechos ha derrumbado el crecimiento, y ha sido incapaz de vérselas con un complejo panorama internacional en donde la guerra de Ucrania, ha provocado entre otras cosas una inflación que ha comenzado a lastimar y retornar a la pobreza a millones de familias, que cohabitan en medio de la contradicción del discurso estatal, y la decadencia de sus condiciones de vida que no necesariamente comulgan con los dichos presidenciales.
El gobierno de la derecha extrema se caracteriza por una crítica virulenta a las instituciones democráticas como el sistema electoral; el fortalecimiento de las fuerzas armadas; la polarización social; la destrucción del patrimonio natural; la condena a la sociedad civil; los recortes presupuestarios en educación, salud y ciencia. Por todo ese lamentable enlistado, el gobierno del ultraderechista Yahir Bolsonaro, fue mandado al basurero. Bienvenido un nuevo gobierno en Brasil.