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Capitolio, lamento y esperanza

Capitolio, lamento y esperanza

Columnas martes 12 de enero de 2021 - 01:12

Según la ortodoxia, la formalización jurídica y definitiva de los resultados de una elección presidencial en los Estados Unidos sucede hasta que, en una anacrónica calificación electoral politizada, el Congreso federal certifica, en sesión conjunta, el triunfo del ganador y lo anuncia urbi et orbi. Ese momento procesal fundamental para la estabilidad y continuidad de ese régimen se presentó el pasado miércoles 6 de enero.

Precisamente ese día, en el que las fallas e inequidades históricas del antidemocrático Colegio Electoral quedarían conjuradas una vez más, estallaron la intolerancia y el odio a las puertas de la sede parlamentaria, en una suerte de noche de los cristales rotos versión Washington Siglo 21. En efecto, sobresaltado, el mundo vio en vivo y a todo color el Capitolio avasallado por una turbamulta determinada a interrumpir la sesión bicameral, en desarrollo en ese momento, para detener la certificación y proclamación pública del triunfo de Joe Biden.

Creo que la fuente primigenia de la indignación ciudadana que desató el ataque es la proditoria y permanente incitación del cernícalo neoyorkino, pero también la incertidumbre y lentitud de los resultados electorales, pues entre la noche de la votación y el dictamen vinculante discurren 63 días, plazo en el que primero solo se conocen “cálculos” de las grandes televisoras y sus encuestadoras, y luego solo resultados por Estado, por lo que la victoria y la derrota ni son ni oficiales ni son definitivas.

Desde la más sórdida y quizá última de sus traiciones al expediente democrático, el azuzador observaba complacido el punto final de su legado catastrófico. Harto de equilibrios y contrapesos, decidió jugar su última carta: un golpe de estado suave que, en un descuido de las fuerzas democráticas actuantes y de las instituciones dispuestas en la Constitución norteamericana, podría resultarle favorable.

Alternando entre las señales de CNN y FOX, presencié azorado la narración de sus comunicadoras y comunicadores, que con incredulidad relataban aturdidas y aturdidos esa vergüenza nacional, mancha permanente en el sistema político más estudiado del mundo, que con todo y sus fallas de origen creó el federalismo contemporáneo, el Senado moderno y el régimen presidencial.

En su frenética iracundia, los radicales del precariato trumpista buscaban hacer de su democracia (en cierto sentido, todavía ejemplar) una democracia mostrenca y abismada a la más oprobiosa disolución. En su extravío ideológico, la caterva fracasó miserablemente frente las instituciones y el derecho, que prevalecieron en una muestra igualmente pública y notoria de vitalidad, solidez y resiliencia.

¿Las lecciones? Que la integridad de las elecciones y la oportunidad y autenticidad de sus resultados importan; que la democracia se puede desconsolidar si no la defendemos y la ejercemos cotidianamente; que el silencio y la inacción en realidad facilitan el ascenso de las pulsiones autoritarias; finalmente, que los problemas de la democracia se solucionan con más democracia, no con menos.

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/CR

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