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Columnas
Haber participado en las Naciones Unidas es un testimonio de los grandes avances que hemos logrado y del largo camino que aún nos queda por recorrer. Para muchas mujeres en México, la posibilidad de participar en la vida pública sigue siendo una batalla cuesta arriba en la que cada que damos un paso, encontramos otro reto por vencer. Yo soy una de esas mujeres. Crecí en Tepito, un barrio marcado por la estigmatización y la exclusión.
A las mujeres de mi comunidad solo se nos concedía un destino: ser madres o comerciantes en las calles de la Ciudad en un ambiente hostil. Nos enseñaron que la política no era un lugar para nosotras, y aún así encontramos en la acción comunitaria una vía para la sobrevivencia de nuestras hijas e hijos. Por esas luchas e historias, de grandes mujeres de mi comunidad, estuve, como diputada, demostrando que romper esos límites es posible, solo si es en conjunto y con el respaldo de redes de mujeres.
México ha dado pasos importantes en materia de igualdad de género. Contamos con congresos paritarios, un gabinete federal equitativo y, por primera vez en nuestra historia, una mujer ocupa la presidencia. Pero la paridad numérica no es suficiente cuando la realidad nos sigue golpeando. Aquí, cada día 10 mujeres no regresan a casa. La violencia política de género sigue siendo una barrera para muchas de nosotras. Nos amenazan, nos desacreditan y, en muchos casos, nos asesinan por atrevernos a alzar la voz y por ocupar espacios de decisión política.
México ha dado un paso histórico con la elección de su primera presidenta, un hecho que simboliza décadas de lucha por la igualdad de género y la ampliación de los derechos políticos de las mujeres. Su llegada al poder no solo representa un avance en términos de paridad, sino que también se traduce en políticas concretas para reducir las desigualdades estructurales que afectan a millones de mujeres en el país. Bajo su liderazgo, se han fortalecido los mecanismos de protección contra la violencia de género, se han impulsado reformas para garantizar la autonomía económica de las mujeres y se ha consolidado un gabinete paritario que refleja el compromiso con la equidad en la toma de decisiones. Estos logros, sin embargo, no son un punto de llegada, sino el inicio de una transformación que debe consolidarse con acciones efectivas para erradicar la violencia, cerrar brechas y garantizar que todas las mujeres y niñas puedan ejercer plenamente sus derechos.
Por ello, es urgente actualizar y reforzar los mecanismos de protección para las mujeres en política. Las parlamentarias enfrentamos amenazas constantes que buscan silenciarnos y desalentar nuestra participación. La violencia política no solo afecta a quienes ya estamos en cargos públicos, sino que también envía un mensaje de intimidación a todas las mujeres que aspiran a ocupar estos espacios.
No podemos permitir que la violencia siga marcando los límites de nuestra democracia. Este año conmemoramos el 30º aniversario de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, un momento crucial para evaluar los desafíos que aún enfrentamos en la implementación de la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing. Treinta años después, seguimos encontrando áreas de oportunidad para seguir construyendo la igualdad sustantiva y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas. La revisión de estos compromisos no puede quedarse en el encuentro, en un ejercicio de análisis, sino que debe traducirse en estrategias efectivas para garantizar su aplicación plena, efectiva y acelerada. Debemos regresar a nuestros territorios a implementar lo aprendido, a seguir construyendo.
Haber estado, rodeada de mujeres con distintas trayectorias que comparten una misma convicción, es un recordatorio de que la lucha continúa. No comparto mi historia para que sea la excepción, sino para inspirar a que más mujeres, sobre todo las jóvenes, se sumen a esta causa. Porque necesitamos más manos, más voces y más historias. Cada niña en Tepito, en cualquier barrio de México y del mundo, debe de creer que su voz tiene valor y que ningún sueño está fuera de su alcance.
Nosotras estamos listas para transformar el mundo. ¿Lo están las instituciones?
Porque justicia no es solo existir. Justicia es vivir sin miedo. Y no vamos a detenernos hasta alcanzarla.
María Rosete