Yuval Harari, quizás el historiador vivo más influyente del mundo, hizo diversas declaraciones sobre el futuro de la inteligencia artificial, o mejor dicho, sobre el futuro de la humanidad con la inserción de la inteligencia artificial. Su pronóstico es lúgubre, pero sus razones son, en parte, debidas a sus convicciones personales.
Su gran libro, Sapiens, nos convence de que lo que ha hecho a los humanos dominar el mundo es la capacidad de cooperación a gran escala sin conocer a todos los integrantes de la red de cooperación. Esa cooperación depende de la creación de historias o mitos fundantes, mediante los cuales las personas tienen confianza de que actuar de cierta manera tiene sentido: ejemplo de esos mitos son el derecho, el Estado, y el dinero. Todas esas cosas son realidades, solo en el grado en que las personas les otorguen existencia mediante su conducta, porque de suyo no son tangibles (el billete es un papel, y se convierte en dinero sólo en tanto quien lo recibe le concede valor, y así).
Lo que dice Harari es que la inteligencia artificial puede crear sus propias historias, y en ese sentido, podría aprender a cooperar con otras máquinas, o podría controlar las historias en las que creemos los seres humanos. En abstracto tiene sentido, en concreto, no basta esa afirmación para dárselo. Esperemos que lo desarrolle en algún libro. Por ahora no hay nada.
Pero también se obvia malamente, me parece, la complicada relación que existe entre los avances tecnológicos y su universalización. Para ello no basta que la tecnología exista; tienen que encontrarse una aplicación que sea benéfica para el mercado, pero también aceptable para los gobiernos, y cómoda para las personas. Como ejemplo de una tecnología que tiene mucho tiempo pero casi nadie usa, es la de las videollamadas por celular; la gente ya ni siquiera contesta el teléfono, y prefiere responder mensajes, porque nadie quiere exhibir dónde está y qué está haciendo cada que a alguien se le ocurre marcar su número.
Hay un caso reciente más delicado: se habla de que el gobierno federal se dispone a adquirir cuatro tipos de excavadoras, máquinas para romper concreto, motobombas sumergibles, martillos demoledores y detectores de metales con capacidad para identificar indicios en exterior o enterrados. La finalidad, como puede intuirse ya, es buscar cuerpos de personas desaparecidas.
Aunque el tema es muy sensible, sirve para mostrar fehacientemente que las motivaciones humanas no solamente son económicas, y las otras, aunque puedan tener una dimensión económica, no tienen una solución de eficiencia y costos. Las madres que buscan a sus hijos saben, o creen que van a estar enterrados, y seguramente ya en estado de osamenta.
Sin embargo, no por eso se rehúsan a considerarlos como “sus hijos”, no son simplemente como una evidencia sin vida que permitirá demostrar un hecho. Así, les importa poco lo eficientes que puedan ser las máquinas, ya no digamos lo barato que le pueda salir al gobierno una excavadora comparada con el trabajo anual de 10 policías y un ministerio público.
Lo importante es no dañar las osamentas. Dirán que es para efectos de identificación, pero es imposible negar que otra razón es emocional. La razón que el gobierno vaya a tener para usarlas o no usarlas, es política.
En ningún caso se trataba de que la tecnología ya existiera, ni de que pudiera adquirirse. Insisto, lo importante de este caso, aunque el tema sea delicado, es que ilustra claramente la complejidad de las relaciones humanas con la tecnología.
De nuevo, esto no es inteligencia artificial, sino una tecnología más básica, pero la tensión puede extrapolarse por mayoría de razón, si aquella es más intrusiva e incómoda.
En el mediano plazo, lo que hará falta serán personas que sepan usar y manipular (sí, manipular) las inteligencias artificiales ya sea para aumentar la muestra de insumos de síntesis o para extraer información sensible de cualquier cosa. A ver.