La inminente intervención terrestre de Estados Unidos en Venezuela parece dejar de ser un rumor para convertirse en un hecho prácticamente consumado. Al momento de escribir estas líneas, los movimientos del gobierno de Donald Trump dibujan el mismo patrón que precedió otras incursiones militares estadounidenses en el hemisferio: cierre total del espacio aéreo venezolano, destrucción de más de veinte lanchas en el Caribe, un despliegue militar inédito en aguas internacionales y la declaración formal del llamado “Cártel de los Soles” —presuntamente encabezado por Nicolás Maduro— como una amenaza terrorista internacional. Todo apunta a que la acción directa es cuestión de horas, quizá de días.
Los escenarios posibles se reducen a dos rutas. La primera, que Maduro acepte negociar su salida, abandone el poder y busque refugio en alguno de sus aliados: Turquía, Rusia o China. Sería la salida menos cruenta, aunque no exenta de consecuencias geopolíticas. La segunda opción —la más probable dadas las señales— es que Maduro decida resistir. En ese caso, la operación estadounidense tendría como objetivo capturarlo o abatirlo, con todas las implicaciones que ello tendría para la estabilidad regional.
La comunidad internacional enfrenta un dilema particularmente incómodo. Para figuras como Marco Rubio, ni la Unión Europea ni la OTAN tendrían derecho a opinar: se trataría, según él, de una acción contra el terrorismo internacional. Sin embargo, países clave del continente —Brasil, Colombia, Chile— objetarían severamente una intervención militar, aunque carecen de capacidad real para impedirla. América Latina volvería a encontrarse atrapada entre la impotencia y la indignación diplomática.
Los únicos actores con peso suficiente para frenar o encarecer el costo de una invasión estadounidense son Rusia y China. No por simpatía hacia Maduro, sino por el precedente geopolítico que fijaría: un nuevo episodio de intervencionismo estadounidense a un aliado estratégico. La respuesta podría ir desde presiones diplomáticas hasta escenarios mucho más peligrosos: una aceleración ofensiva rusa en Ucrania o una postura más agresiva de China en Asia y África.
¿Y México? Su margen de acción sería mínimo. El gobierno mexicano se limitaría a declaraciones diplomáticas y llamados a la paz, insuficientes ante una operación militar de gran escala. Conviene recordar el viejo refrán: si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. La lección es tan simple como inquietante: ningún país latinoamericano está realmente blindado ante los vaivenes de las potencias.
En un momento donde la intervención militar parece inevitable, insistir en la paz puede sonar ingenuo. Pero es precisamente ahora, en el borde del precipicio, cuando más necesarias son esas voces. Porque una guerra en Venezuela no solo redefiniría al país… podría reconfigurar todo el orden continental. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.