Antes de que los conglomerados mediáticos usaran los crossovers hasta la náusea, el cruce momentáneo entre dos franquicias o dos universos ficticios se trataba como un evento importante. Así fue cuando los Supersónicos conocieron a los Picapiedra, cuando Alf se unió a las Tortugas Ninja para crear conciencia sobre la drogadicción juvenil, y —dicen— cuando Tori Vega entró al universo de iCarly para hacer lo que Victoria Justice siempre hace: opacar a todas las demás. Pero —decíamos— hoy los universos compartidos están trivializados. Ni modo. Nos queda el consuelo de los crossovers en la vida real.
Uno de mis favoritos fue el Barzón: un movimiento social de resistencia surgido en México hacia 1993, que aglutinó por igual a agricultores, a clasemedieros con autos recién salidos de agencia y a anarcomarxistas que vivían en las catacumbas universitarias. Los unió —como en las películas de los Vengadores— un villano común y poderoso; en este caso, los bancos y sus políticas usureras, que convertían el pago atrasado de una lavadora en la deuda externa de Guatemala. Fue un acontecimiento interesante y tuvo varias consecuencias; de eso, ya pregúntenle a la IA.
El Barzón me vino a la mente a raíz de la amenaza de alianza —improbable, surreal, morbosa— entre la CNTE y los dueños de palcos del Estadio Azteca (o Banorte, como se llame esta semana). Al respecto, mi hermano —que se dedica a cuidar el dinero de los ricos— se preguntaba qué pueden tener en común unos sujetos que viven su vida tratando de no toparse con la pobreza ni un instante, con las huestes magisteriales disidentes, muchas de ellas provenientes de comunidades semirurales.
La respuesta rápida es el oportunismo: la racionalidad de quien pide, exige o extorsiona parte de la idea de que su victoria es más probable cuanto mayor sea el daño que cause, y por eso el Mundial es un buen momento para desquiciarlo todo. Pero hay otra respuesta, quizás más primitiva, aunque también más interesante: ambos grupos —juniors y maestros— le exigen al Estado el cumplimiento de sus compromisos. La CNTE, el de las promesas de campaña; los dueños de palcos, el de la promesa más básica del orden jurídico estatal: el respeto a la propiedad y a los derechos que esta conlleva.
La legitimidad de las exigencias es, como siempre, un poco dependiente de a quién se le pregunte. El gobierno federal se ve especialmente ridículo tachando de provocadores hoy a quienes el día de ayer eran grandes patriotas y mártires excluidos, pero ningún grupo político en el poder, de ninguna ideología suele calificar de legítima una protesta en su contra, porque los enojos se justificaban solo cuando él estaba en la oposición. Obvio. Y el tema de los palcos está lleno de tecnicismos legales que ni a los abogados nos interesa, pero baste decir que es al menos complicado justificar que un organismo internacional privado, como es la FIFA, imponga modalidades a la propiedad en México, o en donde sea.
Es igualmente llamativo que los señores de los palcos —quienes usualmente ven las movilizaciones sociales como una salvaje desventaja de vivir en el tercer mundo— crean hoy que la CNTE es una herramienta útil para lograr sus propósitos. En eso se parecen a los actores políticos de siempre, que nutren, financian e inflaman movimientos sociales convencidos de que, con el paso de los años, el monstruo seguirá siendo dócil y obediente. Unos y otros están equivocados, pero toda la situación dice mucho del desprecio con el que se mira a las personas reales, al derecho y al Estado.