En un país sísmico como el nuestro, la alerta sísmica se ha convertido en un sonido cotidiano que irrumpe en la rutina y pone a prueba tanto a la infraestructura como a nuestra biología. Como neurocirujano, me interesa explicar qué ocurre en el cerebro cuando suena esa alarma y por qué la preparación —más que el pánico— es la mejor respuesta.
Ante una alerta sísmica, el cerebro activa de inmediato sus circuitos de supervivencia. La amígdala, una estructura clave para el procesamiento del miedo, interpreta el estímulo sonoro como una señal de amenaza. En milisegundos, se pone en marcha el eje del estrés: se liberan adrenalina y cortisol, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y los músculos se tensan. Este “modo alerta” tiene una función evolutiva clara: prepararnos para actuar rápido. El problema aparece cuando la reacción se desborda y se transforma en parálisis, desorientación o conductas impulsivas.
El lóbulo prefrontal, encargado de la toma de decisiones y el autocontrol, puede verse momentáneamente superado por la urgencia del estímulo. Por eso, algunas personas corren sin rumbo, se empujan o toman decisiones riesgosas. Otras, por el contrario, se quedan inmóviles. Ninguna de estas respuestas es “culpa” del individuo; son manifestaciones de cómo el cerebro prioriza la supervivencia. La clave está en entrenar la respuesta para que, aun bajo estrés, el prefrontal recupere el control y permita actuar con eficacia.
Aquí es donde la información y los simulacros cobran un valor político y social. Un cerebro entrenado responde mejor. Conocer qué hacer ante la alerta sísmica reduce la incertidumbre y modula la respuesta de miedo. Cuando sabemos a dónde ir, qué evitar y cómo protegernos, el cerebro transforma el pánico en acción dirigida.
Algunas recomendaciones prácticas pueden marcar la diferencia. Primero, detenerse y escuchar la alerta; no minimizarla ni asumir que “no pasará nada”. Segundo, ubicar rápidamente una zona de menor riesgo: lejos de ventanas, objetos que puedan caer y, si es posible, junto a muros de carga. Tercero, adoptar la posición de protección: agacharse, cubrirse y sujetarse. Evitar el uso de elevadores y no correr hacia salidas si esto implica mayor riesgo. Cuarto, mantener la calma y seguir las instrucciones de las autoridades; la respiración profunda ayuda a disminuir la activación excesiva del estrés y a pensar con mayor claridad.
Después del sismo, es importante evaluar el entorno y el propio cuerpo. El estrés puede enmascarar lesiones, especialmente en columna y cabeza. Dolor persistente, mareo, debilidad, hormigueo o pérdida de la conciencia son señales de alerta que requieren valoración médica. La prevención secundaria —detectar a tiempo una lesión— es tan importante como la respuesta inicial.
Como sociedad, debemos reforzar la confianza en Protección Civil. Sus protocolos están diseñados para ordenar la respuesta colectiva y reducir riesgos. Seguir sus indicaciones no es un acto de obediencia ciega, sino de inteligencia compartida. La preparación salva vidas, y la coordinación evita el caos.
No podemos prevenir los sismos, pero sí podemos construir una buena respuesta ante ellos. Educar al cerebro —a través de la información, la práctica y la calma— es una tarea permanente. Y si tras un incidente existe cualquier duda sobre la salud, acudir a un médico especialista es fundamental. La ciencia y la preparación están de nuestro lado; usémoslas para proteger lo más valioso: la vida.