La columna de la semana pasada dio lugar a una conversación que agradezco especialmente. Una persona me hizo una observación tan inteligente como oportuna. Me recordó que la emoción colectiva que despierta el fútbol no debe confundirse con una verdadera cohesión social. Citó a Émile Durkheim y su concepto de la “efervescencia colectiva”: esos momentos en los que una comunidad comparte una emoción intensa y experimenta un profundo sentimiento de pertenencia.
Aquella conversación me llevó a una reflexión adicional.
La pregunta de fondo no es si México ya está unido. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo lograr que esa extraordinaria capacidad para emocionarnos juntos pueda convertirse, algún día, en una auténtica capacidad para construir juntos?
Ahí radica la diferencia.
La efervescencia colectiva nos reúne alrededor de un símbolo, de una victoria o de una emoción compartida. La unidad verdadera, en cambio, se pone a prueba cuando desaparece la euforia y permanecen las diferencias. Es entonces cuando una sociedad demuestra si puede dialogar, cooperar y comprometerse con el bien común, incluso cuando nadie levanta un trofeo.
Quizá ese sea uno de los grandes desafíos de México.
No carecemos de identidad. Tampoco de orgullo nacional. Lo demostramos una y otra vez cuando millones de personas, sin necesidad de convocatoria ni de incentivos, cantan el Himno Nacional, celebran un gol o abrazan a un desconocido vestido con la misma camiseta.
Lo que aún nos falta es convertir esa coincidencia espontánea en una cultura permanente de responsabilidad compartida.
Construir un país exige mucho más que compartir emociones. Exige confiar en los demás, respetar la ley incluso cuando nadie nos observa, cumplir la palabra empeñada, cuidar lo público como si fuera propio y comprender que el bienestar colectivo nunca será obra exclusiva de los gobiernos, sino también de una ciudadanía comprometida.
Por eso sigo creyendo que el fútbol deja una enseñanza valiosa. No porque demuestre que México ya alcanzó la cohesión social, sino porque revela que existe un sentimiento de pertenencia capaz de reunirnos libremente alrededor de un mismo ideal.
El verdadero reto consiste en preguntarnos por qué esa misma energía suele desaparecer cuando hablamos de justicia, educación, legalidad, medio ambiente, inclusión o combate a la corrupción. ¿Por qué aquello que surge con tanta naturalidad frente a un partido de fútbol no logra sostenerse cuando el desafío es construir un mejor país?
Hay otra reflexión que tampoco podemos ignorar. Con frecuencia se pretende demostrar la unidad mediante plazas llenas, concentraciones multitudinarias o fotografías espectaculares. Pero la unidad no se fabrica. Mucho menos se acarrea.
Las mayorías auténticas no necesitan ser contadas una y otra vez para convencer de que existen. Se expresan libremente. Se construyen todos los días. Y permanecen aun cuando desaparecen las cámaras, los discursos y los reflectores.
Quizá la grandeza de una nación no se mida por la intensidad con la que celebra sus victorias, sino por la constancia con la que enfrenta sus desafíos comunes.
Los pueblos celebran juntos por emoción.
Las naciones se construyen juntas por convicción.