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Columnas
Desde las elecciones de 2018 la derecha en México ha venido acumulando derrota tras derrota, sobre todo porque su actuar se ha sostenido en partidos que están en decadencia, cada vez más desacreditados y con líderes que priorizan intereses personales.
En el sistema mexicano, para ganar o recuperar el poder se requiere de partidos para competir en elecciones, como se ha hecho hasta ahora. El camino pacífico que en el 2000 llevó al país a la alternancia con el PAN y que a partir de 2018 tiene a Morena en el gobierno.
Acción Nacional estuvo 12 años en el poder y no supo conservarlo. En menos de dos sexenios se desfiguró, tuvo enormes dificultades en 2006 para mantenerlo, con triunfo raquítico cuestionado, una ventaja por abajo del 1 %. El PRI sin complicaciones lo recuperó en 2012, nada más que su comportamiento rapaz lo desfondó.
PRI y PAN o PRIAN derramaron su última gota de credibilidad ante una población mayoritaria que se hartó de los dos, de sus abusos, de su enriquecimiento e injusticia, del cinismo de las dirigencias, de las mismas caras y mentiras, de las promesas incumplidas.
Lo peor es que creyeron que podían seguir con el mismo guion, con campañas mediáticas distantes de la realidad, como si la sociedad fuera la misma de hace 30 ó 40 años cuando las fuentes de información se reducían a la radio, televisión y prensa escrita.
Lo que no aparecía en estos medios, prácticamente no existía, la gente no tenía otras formas de enterarse. Cuando se enteraba obedecía a diferencias internas entre quienes integraban el grupo en el poder, las famosas “cacería de brujas” que se desataban para purgar a las administraciones salientes.
En 2006, con una campaña de medios encarnizada, la derecha apenas pudo retener el gobierno. Los poderes fácticos reforzaron su presencia en todos los espacios posibles hasta tatuar el mensaje de que el candidato de la oposición era un peligro para México.
Todavía en ese año las redes sociales estaban en proceso de gestación. Persistía el dominio de los medos convencionales y de los líderes de opinión que nacieron en los mejores tiempos del priísmo.
Bajo este esquema la derecha ha intentado recuperar terreno. Error grave porque sus tesis y narraciones empezaron a contrastarse con lo difundido en redes sociales, sobre todo, con la realidad.
Ha seguido con un discurso obsoleto que todo lo ve negro y se le ha revertido en los procesos electorales.
Cierto que sus espacios mediáticos siguen con altos índices de audiencia, pero con la credibilidad por los suelos.
Es una de las razones por las que en 2018 arrasó Morena con Andrés Manuel López Obrador.
No entendió el mensaje que le mandó la población, continuó con la misma estrategia y por eso volvió a perder en 2024 con igual contundencia, ante Claudia Sheinbaum.
Quiso impedir la mayoría calificada en la Cámara de Diputados cuando la propia derecha había aprobado la ley que establece la forma de repartir las posiciones plurinominales.
Intentó cerrar filas en el Senado para evitar que el partido en el poder y sus aliados pudieran reformar la Constitución. Se fracturó la bancada panista por falta de liderazgo.
Ahora quiere tirar la reforma judicial cuando la reforma responde a un mandato popular, a la voluntad de la mayoría y ya es constitucional porque está aprobada por el poder legislativo, por las cámaras federales, los congresos locales y ha sido promulgada por el Ejecutivo.
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