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Destapes y descorches.

Destapes y descorches.

Columnas jueves 22 de septiembre de 2022 -

La vieja costumbre ritualística del PRI de los “tapados” que ha mencionado el presidente AMLO en repetidas ocasiones, consistía, básicamente, en lo siguiente: el sistema político mexicano formado durante los años 20 del siglo pasado, y consolidado en 1934 (con la ruptura de Lázaro Cárdenas con el maximato), dio lugar a un régimen que a la letra de la Constitución era presidencialista moderado (con enormes contrapesos legislativos y judiciales que persisten hasta hoy), pero que en los hechos garantizaba la preeminencia de la figura presidencial sobre cualquier poder, y también sobre cualquier actor doméstico.

Esto no quiere decir que el presidente lo pudiera todo (eso es otro mito que Juan Espíndola expone y desmantela en su gran libro, “el hombre que lo podía todo, todo”), pero definitivamente podía muchas cosas y, sobre todo, era rarísimo que el poder legislativo (controlado por un solo partido) o el poder judicial confrontaran abiertamente un interés presidencial, máxime si este se había hecho público por el primer mandatario. Los mitos urbanos del gremio jurídico aseguran que, en una infame y lejana época judicial, existían jurisprudencias con precedentes inventados; así, de plano, se inventaban los datos del caso, los hechos, y la supuesta resolución, para lograr artificialmente un criterio reiterativo en favor de la “línea presidencial”.

De cualquier manera, eso, que hoy parece ciencia ficción, era verosímil durante muchas generaciones, y hasta para los entendidos legalistas, y eso dice mucho de la imagen de omnipotencia presidencial que permeaba.

Esto cambió en 1997 y en el año 2000 ya cualquiera le decía que no al presidente y no era ni novedad ni valiente, pura rutina ante un poder pulverizado y una autoridad erosionada. Pero lo que nos interesa es encuadrar la imagen anterior en sus límites, sobre todo del más importante: lo único que no podía hacer o siquiera insinuar ningún presidente mexicano, era su deseo de reelegirse o permanecer más de 6 años en el cargo. Para nosotros es una obviedad asociar la auténtica democracia con la “no reelección”, pero esto es algo que deriva de nuestra particular historia política, donde los mandamases nunca se querían ir y había que sacarlos a cuartelazos o a fuerza de revoluciones.

En la mayoría de los países democráticos, la reelección se permite, y se considera la rendición de cuentas presidencial o parlamentaria por excelencia. Si estás haciendo buen trabajo te quedas; si no, te vas. En fin, nuestro país desarrolló muchas de sus costumbres políticas alrededor de ese límite (que era jurídico y fáctico) y una ellas era que no se hablaba de la sucesión hasta el último año. Pero un poco antes, se barajaban en la prensa y en los círculos de poder los nombres de gobernadores y secretarios de estado especialmente relevantes y cercanos a la presidencia, porque - se decía - al final la elección del candidato a la presidencia era una decisión personalísima del jefe de estado en turno. Y como el mismo partido ganaba siempre, las elecciones generales eran ya un mero formalismo: el candidato era el próximo presidente.

Lo interesante es que este proceso, que era un secreto a voces y donde la gente apostaba su futuro político y económico (a veces perdiéndolo todo), no podía ser ni público ni abierto al público. Y el que menos lo mencionaba era el presidente en funciones. Así, los posibles sucesores estaban “tapados”, y destaparlos antes de tiempo era pecado mortal. En primer lugar porque se trataba de negar que él decidía (eran las fuerzas vivas de la Revolución quienes ungían al “bueno”), pero sobre todo porque desde que elegía sucesor, su poder se erosionaba rápidamente desde ese día y hasta que dejaba la silla. Pero resulta que el siguiente tampoco tomaba aún las decisiones; era, entonces, un tema de gobernabilidad, de retardar lo más posible el vacío de poder y los pleitos a gran escala entre las élites.

Por eso AMLO ha dicho que ya no hay tapados, porque él mismo los destapó a todos, hasta a aquellos cuyas posibilidades reales no se las cree ni su familia. Es la primera vez que se hace eso, ya veremos cómo funciona. Pero no, ya no hay tapados.

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