Esta será la primera de diez lecturas que quiero compartir, lecturas que nos invitan a reflexionar y a vivir como mujeres totales: completas, sensibles, pensantes. Son libros que me ha regalado el tiempo, ese maestro silencioso que llega cuando el cuerpo y el alma atraviesan procesos de recuperación. En mi caso, este ejercicio de leer se ha vuelto también una manera de sanar mientras enfrento la leucemia mieloide aguda, una experiencia que me ha enseñado que el pensamiento y la belleza también pueden ser formas de curación.
Hace unos días me encontré con un texto maravilloso de Anna Pagés. No lo busqué, simplemente llegó, como llegan las cosas que aparecen cuando una está lista para recibirlas. Lo abrí con la calma de quien ya no espera respuestas, pero bastaron unas cuantas páginas para comprender que ese libro no solo se lee, se habita.
En él hay una cena imaginaria, un diálogo antiguo, una mujer sentada a la mesa de los filósofos, invisible para todos menos para uno. Esa escena, más simbólica que histórica, es una invitación a mirar cuántas veces las mujeres hemos estado presentes y, sin embargo, invisibles; cuánto pensamiento se ha gestado en la sombra, cuánto silencio ha sido semilla.
El texto me llevó a pensar que la filosofía —o la reflexión, si preferimos una palabra más cercana— no se encuentra solo en los libros o en las aulas, sino en los instantes que nos obligan a mirarnos de nuevo. Pensar no siempre es resolver: a veces es simplemente detenerse, respirar distinto, reconocer lo que somos sin adornos.
Entre sus páginas hay una pregunta que vibra: ¿se puede llegar a ser mujer más allá de la normatividad heredada, más allá de lo que nuestras madres o maestras imaginaron posible? Esa pregunta, más que responderse, se cultiva. Leer este libro fue como aprender a sostener la duda sin miedo, a reconocer que en ella también hay belleza.
Una de las ideas que más me conmovió es la del olvido como herramienta. No como renuncia, sino como reconstrucción. Olvidar, en su sentido más profundo, puede ser un acto de libertad: una forma de limpiar el alma del exceso de memoria, de reconciliarse con el tiempo y darse permiso de volver a empezar.
El libro también recuerda que la obra femenina —aquella que surge desde lo íntimo, lo cotidiano, lo afectivo— ha sido muchas veces vulnerada por el olvido. Pero justamente ahí, en esa fragilidad, habita su fuerza. Escribir, cuidar, recordar, pensar… todas son formas de crear mundo. Aunque no siempre sean reconocidas, son las que sostienen la historia más profunda de la humanidad: la del amor, la de la escucha, la del pensamiento que se hace abrazo.
No encontré en estas páginas un manifiesto, sino un susurro: la libertad de pensar sin miedo, de sentir sin permiso, de vivir sin guion. Cenar con Diotima es un libro que no enseña, acompaña; no impone, despierta. Es un diálogo que no busca ganarse, sino compartirse.
Por eso lo recomiendo: porque no pretende cambiar la vida, pero la toca. Porque nos recuerda que la reflexión también puede tener rostro de ternura, y que, en medio del ruido del mundo, pensar sigue siendo una forma de amor propio.
Y cuando lo cerré, algo en mí se quedó quieto. Sentí esa clase de claridad que no deslumbra, pero orienta. Tal vez de eso se trate leer: de encontrarse, a veces sin buscarse, en la voz de otra. De comprender que hay libros que no se terminan, porque siguen hablándonos cuando el día se apaga. Y que, como esa mujer invisible en la cena de los filósofos, todas llevamos dentro una voz que solo quien ama de verdad, sabe mirar.