Que Dua Lipa haya llenado en tres ocasiones el Estadio GNP —65 mil personas por noche— no es noticia. Eso lo hacen hoy varias estrellas globales. Lo verdaderamente significativo fue la manera en que la intérprete se relacionó con su público dentro y fuera del escenario. No sólo por las tres canciones sorpresa que regaló en sus conciertos —Bésame mucho, Oye mi amor y Amor prohibido—, sino por algo más profundo: su voluntad de habitar la ciudad, de mezclarse con la gente, de sentir el entorno.
A diferencia de otras figuras del pop inalcanzable, Dua Lipa visitó restaurantes conocidos, paseó con su novio por el Parque México, comió tacos en El Califa de León y Los de Valle, bailó en el Salón San Luis y cerró su gira en un antro de la colonia Juárez. ¿Apropiación cultural? ¿Marketing emocional? ¿O simplemente el temperamento de una artista global que entiende que la cercanía, en tiempos de redes sociales, también es una forma de poder simbólico? Mientras algunas superestrellas aterrizan en México sin tocar el suelo —como Taylor Swift, que ni siquiera pasó la noche aquí—, Dua Lipa optó por el contacto directo con su público.
Del otro lado del espectro artístico está Bad Bunny, el artista más escuchado del planeta según Spotify. Su nombre encabezará el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl del próximo año, decisión que desató la incomodidad del gobierno de Donald Trump: no sólo porque gran parte del show será en español, sino porque el puertorriqueño mantiene una postura crítica frente a la política migratoria de Estados Unidos y se ha convertido en un activo defensor de la identidad boricua.
En México, entre el 10 y el 21 de diciembre, Bad Bunny realizará ocho presentaciones también en el Estadio GNP. Boletos agotados, como era previsible. Pero la polémica estalló por la famosa “casita”, uno de los escenarios alternativos del espectáculo, que el cantante decidió colocar en la zona General B —los boletos baratos—, rompiendo la lógica elitista del acceso preferencial. Para muchos fue una provocación; para otros, un acto de justicia simbólica dentro de una industria profundamente estratificada.
Sostengo que las expresiones culturales —del pop al reguetón, de la música clásica al trap— están por encima de las coyunturas políticas. Pero en el caso de Dua Lipa y Bad Bunny, ambos referentes de la Generación Z, hay algo más: una sensibilidad social que redefine lo que significa ser celebridad en el siglo XXI. No son dioses inaccesibles. Son íconos que caminan entre la multitud. Y eso, en estos tiempos, también es un gesto político.
Eso pienso yo, usted qué opina. De la política es de bronce.
@onel ortiz
https://youtu.be/nIxPqN5jlBc?si=QiqAGA_aKMp5jrdA