Viernes 7 de noviembre de 1952. Arena Coliseo de Perú 77. 12 mil espectadores presenciando la lucha del siglo entre El Santo y Black Shadow. Al final del histórico “match” una de las dos mayores incógnitas habrá caído. Máxima expectación.
Al principio, el encuentro fue tenso y ambos gladiadores se mostraron muy cautos, pues era demasiado lo que estaba en juego. El Santo no podía olvidar que su rival acababa de derrotar a su compadre Gori Guerrero, algo que sólo un grande era capaz de hacer. La primera caída se la llevó el plateado a base de una serie de crotches que pusieron al Hombre de Goma con las espaldas planas; en la segunda, el encapuchado de negro se recuperó al volar directamente contra la barbilla del Enmascarado de Plata, quien quedó semi noqueado recibiendo la cuenta fatídica.
Cuando sonó el silbato que anunciaba la tercera y definitiva caída, se respiraba en la arena un ambiente pesado y tenso, los gritos y rechiflas del principio se habían apagado por completo, el desenlace estaba cercano, pero nadie se atrevía a dar un pronóstico, cualquier cosa podía suceder. Black Shadow comenzó fuerte, acosó a su rival con látigos sobre las cuerdas, para aplicarle después un cangrejo descargando todo su peso sobre la cintura del plateado, quien, haciendo un esfuerzo supremo pudo resistir el castigo, logrando arrojar lejos al Hombre de Goma. Vino a continuación la respuesta del atómico, que tomó a Shadow de un brazo para lanzarlo contra las cuerdas y prenderlo con su dominguera llave de a caballo. Tocó el turno al enmascarado negro de resistir la tortura, hasta que pudo romper la llave.
El silencio en el embudo de Perú 77 era total, el público contenía la respiración, la boca estaba seca y las manos sudorosas; el dominio pasaba de un lado a otro, cualquiera podía ganar. En las engoladas voces de los cronistas de radio y TV se percibía un tono de angustia. Mas sucedió que en uno de tantos vaivenes, Shadow se arrojó con toda su potencia con un tope a propulsión que El Santo logró esquivar por un pelo y el Hombre de Goma salió volando hasta dar con sus huesos contra las gradas. Ahí se gestó su derrota: cuando finalmente pudo regresar al ring, visiblemente lastimado, El Santo no le dio tregua ni respiro; lo prendió con unas primorosas tijeras a la cabeza y mientras se encontraban todavía en el aire, lo giró para aplicarle una rana perfecta, el réferi Rubén Blancarte contó, uno… dos… tres… Tres largos y angustiosos segundos. ¡Todo había concluido! Black Shadow, todavía atontado, se incorporó lentamente, mientras El Santo lo observaba recargado en las cuerdas. Blancarte levantó la mano del atómico y el derrotado dio un largo y lastimero suspiro antes de tirar del trapo para despojarse de la incógnita, su nombre: Alejandro Cruz Ortiz, originario de León, Guanajuato.
A partir de entonces, Black Shadow abrazó la escuela técnica y pese a haber perdido la máscara su carrera continuó adelante con gran éxito, a diferencia de lo que sucedía con la mayoría de enmascarados que habían quedado expuestos. Incluso participó en numerosas películas del género de luchadores en papeles secundarios. Como científico, Shadow se convirtió en uno de los mayores ídolos de la afición y fue uno de los pioneros del estilo de la lucha aérea y acrobática que conocemos en la actualidad. Su rivalidad con El Santo siguió viva, y aunque durante los años sesenta formaron equipo cuando el atómico se volvió técnico, pocos creían en una posible amistad entre ambos. Black Shadow murió en 2007, es una de las figuras señeras de la lucha libre mexicana. Hasta el jueves…