“El olvido es una forma de violencia.”
— Milan Kundera
La decisión de la UNESCO de lanzar un nuevo curso destinado a ayudar a los docentes a enseñar la historia de la violencia llega en un momento crítico. Conflictos armados persistentes, discursos de odio normalizados y memorias históricas disputadas evidencian que el pasado no está tan lejos como a veces se pretende creer. En este contexto, la educación no puede limitarse a transmitir hechos: debe ofrecer herramientas para comprender, cuestionar y elaborar los legados de la violencia.
Durante décadas, la enseñanza de episodios como genocidios, guerras civiles, colonialismo o dictaduras ha oscilado entre dos extremos igualmente problemáticos: el silencio incómodo o la simplificación excesiva.
Callar estos temas no los hace desaparecer; abordarlos sin sensibilidad ni profundidad puede, incluso, reproducir estereotipos, revictimizar o alimentar nuevas polarizaciones. El curso impulsado por la UNESCO parte de una premisa clara y necesaria: los pasados violentos requieren enfoques pedagógicos específicos, críticos y éticamente responsables.
La iniciativa pone el foco en el rol del docente como mediador de memorias complejas. Enseñar historia de la violencia no consiste solo en enumerar hechos atroces, sino en contextualizarlos, incorporar múltiples voces y fomentar el pensamiento crítico. Implica crear espacios seguros donde el alumnado pueda formular preguntas difíciles, confrontar narrativas oficiales y entender cómo las heridas del pasado siguen influyendo en las desigualdades y tensiones del presente.
Este enfoque resulta especialmente relevante en sociedades atravesadas por conflictos no resueltos. Allí, la escuela se convierte en uno de los pocos espacios comunes donde es posible discutir el pasado sin la lógica binaria de vencedores y vencidos. Formar a los docentes para esta tarea es, en consecuencia, una inversión en cohesión social y en ciudadanía democrática.
No obstante, el impacto de este curso dependerá de algo más que su calidad académica. Para que sus principios se traduzcan en cambios reales, será imprescindible que los sistemas educativos nacionales acompañen la propuesta con políticas públicas coherentes: formación continua, respaldo institucional y protección frente a presiones políticas o ideológicas. Enseñar la historia de la violencia suele incomodar, y ningún docente debería hacerlo en soledad.
La UNESCO acierta al recordar que comprender la violencia del pasado es una condición para construir un futuro más justo. En tiempos de negacionismos, revisionismos interesados y memoria fragmentada, apostar por una educación histórica rigurosa y humana no es un lujo académico: es una necesidad urgente. Enseñar la violencia no es glorificarla, sino desactivarla. Y hacerlo desde las aulas puede ser una de las formas más eficaces de evitar que se repita.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)